lunes, 29 de septiembre de 2008

Sesión 13: "Algo anda mal"

Siento que la relación se está volviendo cada vez más tensa. No sé si tengo un sexto sentido para percibir los pensamientos ajenos o si quizás me esté volviendo un poco paranoico, pero sea como fuere, siento que la psicóloga me odia. Esto, creo, se vio reflejado en la sesión de hoy.

Empecé contándole que el fin de semana me sentí mal anímicamente, con una angustia que brotaba como una catarata de agua dentro de mi pecho. Por otro lado, le comenté que estuve disconforme con lo que produje como artista. Que en el show del sábado a la noche, mi monólogo humorístico lo sentí largo.

- Y quizás esté un poco largo -me dijo-. Acortalo a ver qué pasa.

- ¿Acortarlo? ¿Cómo?

- Sí... sacale todos los remates.

Después le comenté algunos de mis problemas, llegando yo mismo a la conclusión de que sólo veo las cosas malas de mi persona.

- Es evidente, evidente que sólo veas las cosas malas de tu persona -me dijo-.

- Sí, y ahora Ud. me va a decir, como siempre, que me entiende, que tengo razón en estar mal, y que hay que trabajar sobre eso -le dije en tono de reproche-.

- No, al contrario. Es lógico que sólo veas las cosas malas de tu persona. Ya que no hay nada bueno para ver.

Me dejó destruido, necesitado de alguna frase amable que me contenga. Pero no la tuve. Justo hoy, había ido en colectivo.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Sesión 12: "Por sólo siete con noventa"

Finalmente, le mandé un mail para suspender la sesión del sábado y para vernos directamente la semana próxima, pero ella consideró que era mejor pasarla para hoy.
El mail lo aproveché también para aclararle que la sesión según lo estipulado debería durar 40 minutos y no 25 como en la práctica me viene dando. Por lo que en la sesión de hoy, hablé los primeros 25 minutos y los siguientes 15 permanecimos callados.

Admito que me siento igual, que no avanzo. Y al mismo tiempo no me animo a decirle que no quiero ir más, ni por mail. Pero por otro lado, pienso que son sólo 10 pesos. 10 pesos para que una persona finja escucharme y simule que está involucrada en mis problemas. Esa manía de ver el reloj constantemente, de atenderme menos tiempo, de esquivar llegar a la raíz de mis problemas, es lo que me merezco por lo que yo le doy a cambio. No sé qué hacer, de todas formas creo no importa qué me diga. Lo trato de tomar como un espacio para escucharme yo mismo en voz alta y sacar mis propias conclusiones.

Aunque reconozco que últimamente me siento culpable, soy culpógeno y hasta me da culpa sentir culpa, sabiendo que la vida es más linda sin cargar con esa sensación. No lo puedo soportar, la sesión me cuesta $10 y la playa de estacionamiento me sale $7,90. El encargado de ahí siempre está con su tele de 14 pulgadas encendida. Parece que no te presta atención, pero al revés que la psicóloga, está en cada detalle y se involucra mucho conmigo, incluso sin mirarme a los ojos.
Hoy, mientras parecía no apartar su atención de “Mañanas informales”, me dijo: "Te noto confundido, indeciso, ¿puede ser?". Sí, así es tal cual como me siento. No sé cómo pudo darse cuenta sin intercambiar diálogo alguno más que el número de mi patente.
Lo que me quedó de la sesión de hoy, fue lo que me dijo el encargado del garage cuando me estaba por ir y yo intentaba, a duras penas, sacar mi auto de un lugar complicado: "Vos arrancá y dale. A veces parece que no pasa, pero una vez en movimiento, sin darte cuenta, vas a salir sin problemas".

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Sesión 11: "El trauma del contestador automático"

- Doctora, yo quería avisarle que los sábados prefiero no venir. Quisiera aprovechar ese día para descansar. Sólo que la semana pasada no me animé a llamarla y decírselo por teléfono.

- Bueno, si no te animaste es porque quizás no sea tan así y preferís seguir viniendo los sábados.

- No, no es eso. Tengo un problema cuando tengo que llamar a alguien. Me pongo nervioso, me da vergüenza. Cuando llamo a una chica que me gusta para invitarla a salir o a alguna persona importante para pedirle trabajo, me empiezo a agitar antes de marcar y me cuesta tomar esa decisión. Estoy minutos con el teléfono en la mano pensando qué decir o cómo empezar la conversación. De hecho, la practico sin llamar, simulando que estoy hablando.

- Entiendo... ¿Y qué más te pasa?

- Si me atiende el contestador automático, corto. Les tengo terror a los contestadores. Tengo un trauma con eso, me surge la fantasía de que varias personas se van a poner en ronda, alrededor del contestador automático para escuchar mi voz y reírse de mí. Ni loco dejo un mensaje, por nada del mundo. De todas formas, si llamo y no me atiende nadie siento un alivio tremendo. Mi pensamiento es el siguiente: Bueno, yo me animé a llamar, lo intenté, estoy tranquilo con mi conciencia. Si no me atendieron no es culpa mía, el destino así lo quiso, no puedo hacer nada contra eso, pero yo estoy bien conmigo, estoy en paz con mis pensamientos, y además, estoy orgulloso de mí.

- Entiendo, pero no lograste tu objetivo que era hablar con esa persona y pusiste en primer plano el intento, más que la meta. Vos tenés que lograr tu meta cueste lo que cueste, no morir en el intento. La meta es lo primordial.

- Pero en el caso de decirle que no quiero venir más los sábados, ni siquiera lo intenté. Directamente no me animé a llamarla y eso es una frustración para mí. Pero estoy seguro de lo que quiero. Estoy seguro que los sábados quiero aprovecharlos para dormir, más que venir acá. Aunque me cueste decirlo.

- Bueno, los cambios tampoco son de un día para el otro y de manera brusca. Yo diría que si no te animaste a llamarme sigas viniendo. En una de esas te puedo atender menos tiempo. Además habría que ver porqué querés dormir en lugar de enfrentarte con tus problemas.

- Es que parte de mis problemas es que estoy siempre cansado.

- Bueno, yo anoto que el sábado venís, pensalo, meditalo bien. Tranquilo, de última me llamás y me dejás un mensaje en el contestador.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Sesión 10: "Día de la primavera"

Lunes a la mañana, el libro de la semana que se abre y la primera línea que se escribe es: "¿Cómo te recibió la primavera?" -esto me dijo la psicóloga al comenzar la sesión-.

- Como cualquier día -le contesté- .

Le expliqué que no me gusta que me saluden por el día de la primavera:

- ¿Por qué me saludan? ¿Qué saben si a mí me gusta la primavera? Mi estación preferida es el otoño. Considero que el otoño es una estación relajada, sin tensiones. Me gusta su paz, su color, su melancolía, su llamado a la introspección. Por lo que considero una falta de respeto que me digan "Feliz Primavera", y no en su momento "Feliz Otoño". Además, ¿Qué tengo que ver yo con la primavera? No es ningún mérito mío. Fue porque el mundo gira, porque la naturaleza tiene 4 estaciones, y porque durante 3 meses la posición del sol con respecto a determinado hemisferio de la Tierra hace que a partir del 21 de septiembre, en el hemisferio sur, salgan florcitas del piso. No me saluden ni me feliciten. Lo único que falta es que la gente se salude por el día de la tormenta de Santa Rosa o se diga por ejemplo: "Feliz caída de granizo!".

- Bueno, creo que no deberías tomarte tan a pecho algo anecdótico como el día de la primavera. Hay varios días que sobresalen del calendario y eso es bueno. Son excusas, motivos para saludarse. Tenés que estar tranquilo, relajarte un poco más, meditá sobre lo que me dijiste antes y tratá de buscar algo positivo. A ver... respirá hondo...

Pasaron 30 segundos y luego de mi último gran suspiro me preguntó:

- ¿Y? ¿Qué sentiste? ¿Qué tenés para decir ahora?

- Que no sólo odio el día de la primavera, sino que también odio todos los días que son el día de algo: El día del amigo, el día de la madre, el día del padre, el día del niño, el día del maestro, el día de San Valentín, el día de la raza, el día del kiosquero, el día del arquero, el día que las vacas vuelen y Halloween. No, Halloween no odio porque no es día, es noche.

- Bueno, yo creo que la cuestión pasa por sentirse uno querido y reconocido. Por eso, es muy importante fijarte con qué clase de personas te relacionás. Necesitás gente que se comprometa con vos, que te escuche, que sepa quién sos y lo que podés dar. Cuando por fin te sientas reconocido y respetado, todo ese odio latente va a desaparecer. Bueno, lo dejamos acá. Muy productiva la sesión de hoy. ¿Nos vemos el miércoles Ariel?

- Andrés es mi nombre.

- Cierto! Feliz día de la Primavera.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Sesión 9: "Otra vez, no"

Decidí volver a poner énfasis en el problema que me atañe. Nuevamente, como en la sesión anterior y como en varias de las sesiones desde que empecé el tratamiento, retomé la explicación sobre la raíz de eso que me tiene perturbado, obsesionado e intranquilo.
Concluida mi declaración, ambos permanecimos en silencio durante mezquinos y rasposos segundos.
Sostuve mi mirada fija en sus ojos, con dura firmeza, y logré sentir cómo ella intentaba contener el desesperado vicio de mirar el reloj en un toco y me voy.
Pude vislumbrar su sudor, un intento de gota amenazante que pretendía deslizarse por su frente. Al borde del colapso de su rol y fachada, rompió el silencio y me dijo:

- Sí, es claro. Hay que trabajar sobre eso.

"No, esta vez...No" -pensé fuerte, casi retumbando en mis adentros-. junté coraje para enfrentarla y le repliqué:

- Mire Doctora, esta es casi la décima sesión, creo. Tal vez sea un poco ansioso, pero ¿Cuándo vamos a EMPEZAR a trabajar sobre eso?

- Tenés razón -me dijo-.

- Vio... tengo razón.

- Sí..., sos un poco ansioso. Hay que trabajar sobre eso.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Sesión 8: "Sin más"

Hoy decidí retomar un tema fundamental, que me viene atormentando y del que en parte vengo hablando desde la primera sesión. Estuve los 26 minutos relatando con lujo de detalles mi problema, la raíz de mi problema, mi imperante necesidad de resolverlo, de cambiar, de terminar con todo eso cuanto antes. Hablé casi sin respirar, con los ojos humedecidos, la boca seca. Ella parecía escucharme atentamente, sólo dos veces en toda la sesión apartó sus ojos de mi mirada, sólo para mirar zigzagueantemente su reloj digital. Todo un récord.
Luego de los 26 minutos, hice una pausa. Me di cuenta que no tenía nada más que agregar. Que había sido claro y contundente.
Luego ella se acomodó sobre su silla, tensionó sus comisuras y atinó a hablar. Ansioso esperé su respuesta, como quien espera el veredicto de un juez supremo en una causa de vida o muerte. Finalmente me dijo:

- Bueno, sí... es claro... Hay que trabajar sobre eso. Lo dejamos acá.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Sesión 7: "Delirios superyoicos"

No entiendo nada. Siento que estoy enloqueciendo. Quizás haya que tocar fondo para luego indefectiblemente empezar a subir.
En la calle, mis amigos, en el trabajo, todos me dicen que estoy mal. Excepto mi psicóloga.
Ella sigue insistiendo que es normal que esté así, que cualquiera en mi situación lo estaría.

- Yo te entiendo, claro. Cómo no vas a estar mal con todo lo que te pasa. -me lo dice como quien recita un fragmento del himno-.

Le conté que hace poco perdí parte de la audición de mi oído izquierdo. Ella me contestó que ante situaciones de mucha presión y estrés, uno puede somatizar en el cuerpo heridas que pueden ser temporarias o irreversibles.

- ¿Cómo irreversibles? ¿Qué hago ahora? -le pregunté impulsivo y exaltado-.

- Tranquilo. Eso no es nada, el tratamiento te está ayudando. Entendé que tuviste suerte. Sos un chico sano, es mejor perder parte de la audición de manera temporaria que padecer trastornos de delirios graves. Es decir, ante situaciones de estrés aguda, una persona puede caer en lo que se denomina síndrome de delirios superyoicos.

- No, no es mi caso -le contesté aliviado-. Los superhéroes no deliramos.

Sesión 6: "Referencias"

Últimamente estoy lleno de problemas desordenados en mi cabeza y me pasa que no sé por dónde empezar o cuál elegir para arrancar. Ante mi dubitativo silencio, la sesión comenzó por la pregunta sobre qué hice el fin de semana.
Por el tono con el que me la formuló, más que una psicóloga parecía una amiga, con la diferencia que me cobra por darme consejos, no me hace favores y no me ofrece nada para tomar estando yo en su casa.
Lamentablemente, la pregunta sobre lo que hice el fin de semana desvió la sesión por un atajo que esquivaría la ruta hacia mis problemas.
Entre temas superficiales que no están a la altura de mi momento actual y sus respectivos "titulares", se me ocurrió contarle que conocí a una mujer que estuvo de novia durante casi 2 años con un conocido mío, no amigo, y que al igual que yo, acababa de separarse.
Me preguntó qué me había parecido esa chica y mi respuesta fue que "bien", que mucho no la llegué a conocer, y que según mi experiencia personal y mis traumas de primera cita: la primera impresión no es la que cuenta, sino la que engaña.

- Es simple -me dijo-. Llamá a su ex novio.

- ¿Para pedirle permiso?

- No, para pedirle referencias.

Ante el fruncimiento de mi ceño y la perplejidad de mi semblante, prosiguió:

- Es coherente. Así como al postularse para un empleo se piden referencias sobre el trabajo anterior; o se piden referencias comerciales antes de abrirle una cuenta corriente a un cliente; ¿Qué tiene de raro en este caso pedir referencias amorosas?

Me parecía una idiotez, pero al mismo tiempo había cierta lógica en su razonamiento que sonaba interesante.

- ¿Usted me está diciendo que llame al ex novio y que le pida referencias sobre su ex, que precisamente es con la que yo pretendo salir?

- Sí, que te diga si te la recomienda o no. Que te diga qué onda, qué opina de ella, qué defectos tiene, si le hizo algo malo, si le fue fiel, si es celosa, si es posesiva, si lo volvió loco, si fingió un embarazo, si le sacó dinero... En fin, para ver si te conviene ponerte de novio. Quizás te dice: "es una mina genial, nosotros no encajábamos, pero quizás vos sí..., dale para adelante". Y con eso vos te quedás tranquilo.

- ¿Y yo puedo pedirle referencias a sus pacientes sobre usted? -le pregunté en tono de apariencia gracioso, pero con seria intención-.

- No querido! Eso sería un desplazamiento...

sábado, 13 de septiembre de 2008

Sesión 5: "Los sueños"

Hoy sábado a la mañana llegué un poco cansado a la sesión, me preguntó qué me pasaba y le conté que tenía un poco de sueño. Al instante se le ocurrió preguntarme por mis sueños y lo que prosiguió giró en torno a eso.
- Me gusta dormir y soñar - le dije-. Me gusta vivir los sueños, sentirme adentro de ellos como si fueran la realidad pura. Creo que la vida es perfecta en el sentido que te provee un mundo de leyes rígidas, y otro mundo de sueños donde todo es posible: puedo volar, tener a la mujer que desee, hacerme invisible, ser niño, ser otro… ¿Por qué uno le da mayor jerarquía a la vida de despierto que a la de dormido? Creo que me gusta más soñar que estar despierto, ¿Tiene algo de malo eso? -le pregunté-.
- Cuando te mueras vas a tener suficiente tiempo para dormir.
- Pero no voy a estar vivo para soñar -le contesté-.

Sesión 4: "Foto multa"

Hoy tuve uno de esos días en los cuales nada me viene bien. Llegué a sesión un poco harto del mundo, con una mirada pesimista sobre la vida. Lo primero que le conté a la psicóloga mientras me sacaba mi campera y la colgaba en la silla, fue que en el trayecto en auto hacia el consultorio una cámara de un semáforo me tomó pasándolo en rojo.
Ella, se sacó sus anteojos y sosteniéndolos con una mano, me dijo seria y lentamente: "¿Por qué siempre ves toda tu vida como una tragedia? ¿No te das cuenta que eso es buenísimo? ¿Vos no sos actor? Ponelo en tu currículum entonces!".

jueves, 11 de septiembre de 2008

Sesión 3: "Mi nombre"

Lo primero que hice hoy al comenzar la sesión, fue recordarle mi nombre a la psicóloga.

Casi terminando la sesión noté algo extraño, le recordé mi apellido y le comenté que yo no soy el que trabaja de mozo en un bar del microcentro, tal como ella suponía.

- Ah, qué coincidencia -me dijo-, es que tengo otro paciente que también se llama como vos, Ariel.

- Andrés es mi nombre, se lo dije antes.

- Bueno, otro día hablamos sobre ese tema. No se puede todo en la misma sesión. Hoy lo dejamos acá.

Sesión 2: "Con razón"

Hoy llegué puntual, pero tuve que esperar en el hall hasta que terminara con la paciente que estaba antes que yo. Me dejó esperando con música clásica. A pesar de eso, logré escuchar algunas cosas que hablaba con su paciente, sobre todo risas. Me dio un poco de celos sentir que seguramente la estaba pasando mejor con ella de lo que la iba a pasar conmigo. Y así fue.
Dediqué mi sesión a contarle algunos de mis problemas más actuales y demás angustias que me tienen mal.
- Claro, tenés razón en estar mal -me dijo-. Y agregó: "Es lógico… no es fácil tu situación, yo en tu lugar me sentiría igual”.
Lo único que rescato de la sesión de hoy, es que al menos parece que tengo razón en algo, en estar mal. ...Qué bueno! Y yo que pensaba que mis problemas eran boludeces comparados con otras cosas.

martes, 9 de septiembre de 2008

Sesión 1: "Primeras dudas"

Con cierta desconfianza a la ruleta rusa del tratamiento por cartilla, decidí empezar terapia por mi obra social, que según me dijeron, me cubren 30 sesiones anuales. Probé con 4 psicólogos distintos y ninguno me convenció, por lo que de las 30 sesiones, me quedaron 26.
Me quedé con una terapeuta que parece entenderme, no me dice nada, pero veo como asiente con la cabeza y eso me da cierta esperanza. De todas formas, sólo pago 10 pesos la consulta.
...10 pesos la consulta! Eso sí que me da culpa, siento que la estoy estafando. ¿Eso vale su tiempo? ¿Eso valen mis problemas? ¿Me conviene darle un billete de $10? ¿...o mejor uno de $5, dos de $2 y una moneda para que parezca más quilombo de plata? No, la moneda arruinaría todo.
Cómo hago para que un desconocido esté al día con mis veintilargos años de recuerdos. Lograr que pueda entender mis sensaciones, mis preocupaciones, mis anteojos para ver el mundo.
Hoy me presenté, parece imposible. Anotaba sin parar, y no sabía si sentir tranquilidad por eso, o preocupación. ¿Anota para no olvidarse o para luego publicar mis intimidades en algún libro o revista especializada sobre diversas patologías?
Pude percibir que en reiteradas ocasiones sus ojos se desviaban horizontalmente hacia un reloj digital que tenía a un costado de su mesa. Supongo que lo debió hacer por los 10 pesos de la sesión, pasarse de los 40 minutos que establece el plan, sí que sería un abuso.
Concluyó a los 27 minutos. Quizás para evitar una sobredosis en la primera charla. Bueno, ella sabrá. Y yo no me animé a decirle nada.

Pendiente en mi inconsciente

Hay algo que quería hacer y no recuerdo bien qué era. Es constante en mí sentir que tengo algo pendiente, de que me olvido algo, o de algo. No sé qué. Pero es una sensación en el pecho de desarraigo que me angustia y me bloquea. Hasta no saber qué es aquello de lo que me olvido, no me puedo quedar tranquilo. Siempre me pregunto lo mismo: ¿Por qué no me lo anoté? ¿Qué era eso que tenía que hacer? Ah, ya me acuerdo, lo acabo de hacer. Volví.

Luego de una ausencia, no podía volver como si nada. Cuanto más tiempo pasa, menos uno se anima a regresar y mayor es la presión, porque la expectativa es grande y la potencial desilusión también.

Este tiempo necesité un cambio, un nuevo punto de vista, una necesidad de respuesta mágica a mis problemas, un autoconocimiento más profundo. Así nace una nueva sección: "Desde el Diván", charlas y experiencias con mi terapeuta divididas en sesiones.

La terapia no me hace ni bien ni mal, no logro hallar esa solución mágica. Pensé en abandonar, pero decidí seguir para alimentar de vivencias a este lugar y hacer de él, el verdadero espacio de ex–presión.