domingo, 5 de abril de 2009

Sesión 38: "La terapia grupal"

La realidad es que fui un poco tímido e inseguro a la terapia de grupo. Como comúnmente dice la gente común, me sentía como: "sapo de otro pozo", con la diferencia que ni siquiera sabía si yo era el sapo, el pozo o algún otro animal.

Me llamó la atención ver un grupo tan extendido, a simple vista parecían como 20 personas, algo que considero poco maleable para atender las necesidades de todos. Sin embargo, el grupo parecía estar bien consolidado.

Apenas entré a la sala mi indecisión no supo dónde ubicarme y mi ansiedad le sugirió a mi paciencia sentarse en el extremo más cercano a la puerta de entrada, que una vez adentro se transformó automáticamente en puerta de salida.

Como nuevo integrante me tocó presentarme y no sé que se pasó por mi mente para decir lo que dije. Tal vez la idea de que alguna chica linda camuflada entre el montón -y que aún no había divisado- se fijara en mí. De hecho me fue muy bien, me levanté a una esquizofrénica. No, perdón, ahora que lo recuerdo eso no sucedió. Sin embargo aquello que dije tuvo otro tipo de repercusión.

- Soy un ser extremadamente sensible al punto que siento que tengo poderes ultraperceptivos que me hacen ver a través de las personas y eso me genera paranoia y poca relajación. El asombro hacia la inmensidad del universo y del tiempo no descansan en mi mente. Me cuesta aceptar límites, estructuras y definiciones, y a su vez, las necesito. Olvidé decir mi nombre, me llamo Andrés, soy un tipo profundo, tanto que me ahogo en mí.

- Usá flotadores! -me contestó un barbudo de anteojos de aproximadamente unos 45 años, causando un tsunami de carcajadas entre todo el grupo-.

Después de ese episodio no quise hablar más y me quedé lamentando mi decisión de permanecer ahí. De repente, algo que vi me apartó totalmente del lugar y mi atención se fue completamente de la sala.

Estaba seguro que era ella: mi psicóloga, la que hacía pocos días me había dejado de atender, y que ahora tapaba su rostro con un cuaderno para no ser reconocida. Al lado de ella, el encargado del estacionamiento lindero a su consultorio, ese buen tipo que tan prácticos consejos me había dado oportunamente.

Ella seguía con su cuaderno como muro divisor y yo no podía lograr interceptar su mirada. Con la paciencia de un esquimal con paciencia esperé el momento adecuado para hablar y desatar todas mis broncas contenidas.

De repente no aguanté más, interrumpí a uno que estaba hablando sobre su miedo a las palomas, tomé la palabra y empecé a relatar mi historia sobre mi terapia paralela con la psicóloga.

Luego de 50 minutos de hablar sin parar, recorriendo con lujo de detalles por todos los matices que tuvieron los encuentros con ella, desde sus primerizas miradas fugaces hacia el reloj; su habilidad para despacharme antes de cumplir el tiempo estipulado; no recordar mi nombre hasta la sesión número 16; su incapacidad para ayudarme diciendo que era lógico que esté mal; la vez que por error atendió al fumigador; mi estéril deseo de dejarla para que luego me deje ella; finalizando con que tenía un affaire con el encargado del estacionamiento y que ambos se encontraban presentes en la sala.

En ese momento, ella bajó su cuaderno, nuestras miradas se tocaron y ahí entendí dos cosas: que acababa de complicar inmerecidamente a ese buen hombre que me había ayudado; y que aquella persona cuyo cuaderno separaba nuestras miradas no era mi psicóloga, sino la mujer de aquel buen hombre.

El encargado del estacionamiento se defendió negando ser él y argumentando que nunca me había visto en su vida. Todos los demás me acusaron de haberlos hecho perder 50 minutos de sesión. Me angustié mucho por mi torpeza, me sentí un incomprendido total, un desamparado, o tal vez, este mundo de las terapias me estaba volviendo loco.

En los últimos 10 minutos de sesión todos plantearon brevemente sus problemas más actuales. Casualmente todos tenían el mismo problema: El problema era yo.

7 comentarios:

Lorena Frost dijo...

Como diría Simonetti, tener la certeza que sos el problema de la gente, es tener complejo de centro de mesa.
Esta historia cada vez está mejor!
Siga así!

Hernán Heyman dijo...

Jeje. Grandioso!

Javi dijo...

Un deja vu??????

(de todas formas, ¡excelente!)

La hija de la luna dijo...

Super!
Me encanta que al final las palabras me hagan sonreir...
La hija de la luna

Los caminos de la vida dijo...

Qué pasa Ini?? Sigo las historias desde Madrid....¿?¿¿?¿'

maria dijo...

Nunca me gustaron las terapias de gurpo. Como nunca encajo, así como nunca encajo por completo en un diagnóstico, las hoy día llamadas "tribus urbanas"... Nunca encuentro un espejo en el cual reflejarme y encontrar cosas en común, así sólo sean los problemas...

Anónimo dijo...

" Soy un ser extremadamente sensible al punto que siento que tengo poderes ultraperceptivos que me hacen ver a través de las personas y eso me genera paranoia y poca relajación. El asombro hacia la inmensidad del universo y del tiempo no descansan en mi mente. Me cuesta aceptar límites, estructuras y definiciones, y a su vez, las necesito. Olvidé decir mi nombre, me llamo Andrés, soy un tipo profundo, tanto que me ahogo en mí." CON ALGUNAS OBVIAS Y NO TAN OBVIAS MODIFICACIONES, CASI ME DESMAYO, ME DESCRIBISTE A MI... TE COMPADEZCO DE CORAZON... PERO VOS TENES ALGO QUE YO NO, PODES MANIFESTAR ESA PERSONALIDAD COMPLEJA, ESOS SENTIMIENTOS ATURDIDORES, ES NOSTALGICA MELANCOLIA, ESA PARANOIA, ESSS.... ETC EN HUMOR!!! ME REI AL FINAL COMO N UNCA, SOS EL MEJOR PSICOLOGO Q PUDE TENER... MAS TERAPIA, POR FAVOR...!!!! SOS UN GROSO... SOS GE NIAL...

CHAU "VOZ"

GYN