jueves, 28 de mayo de 2009

Después del fin: "Últimas certezas"

Reconociendo que finalmente era YO el problema a mis problemas y a los problemas de los demás, decidí llamar a mi psicóloga para darle un cierre definitivo a esta historia. Su celular ya no pertenecía a un abonado en servicio y decidí caer de improvisto en su consultorio.

Nadie atendió el portero eléctrico, ni el portero humano. Crucé la calle y observé que en su balcón se exponía un cartel de “vendido”. Volví a la puerta del edificio y antes de volver a tocar, encontré una carta sobresaliendo del buzón, que casualmente era de mi psicóloga y decía lo siguiente: “imaginé que ibas a venir acá a buscar una explicación y la verdad es que me cansé de ser este personaje de ficción que alimenta tus delirios de sesiones y que sólo habita en tu mente, por lo que renuncio a seguir participando en esta historia”.

¿Me quiso hacer creer que todo fue producto de mi imaginación? Y de ser así, ¿es posible que un personaje que sólo habita en mi mente se rebele? Porque si justamente estuviera sólo en mi mente, soy yo quien decidiría su existencia. No era justo, creo que durante estos meses, de alguna manera la había ayudado a mi psicóloga, si bien tendría que haber sido al revés.

Sin darme por vencido recurrí al terapeuta gestáltico para que me diera una explicación pragmática a esta locura, de esas que me solía dar, del estilo: “si querés cambiar, cambiá”; “si no querés creer, no creas”; o “si te querés matar,…” no, esa espero que no.

Lo curioso es que al llegar, el terapeuta gestáltico, me recibió con una amabilidad forzada, casi exagerada, al mismo tiempo que trataba de disimular la sorpresa de verme nuevamente luego del fallido intento de la terapia grupal. No me dejó avanzar mucho más dentro del hall y me dijo:

- “Vos estás muy bien, muy bien” –como desligándose de responsabilidades, amenizando las tensiones y evitando cualquier tipo de futura conversación que implicara preguntas y respuestas extendidas en el tiempo-.

Al entender su propósito, y para su sorpresa, asentí sin cuestionar nada, pero parece que él ya tenía programados sus argumentos y continuó:

- “Está todo bien, andá tranquilo. Cuando quieras me podés buscar, pero no va a ser necesario, creéme. Por mi parte, yo quiero tomarme unas vacaciones y no tengo mucho más para decir u opinar. Tampoco quiero seguir siendo este personaje, al cual le diste vida y agradezco, pero prefiero terminar todo acá”.

Otra vez el mismo argumento, como si hubiera una conspiración para hacerme sentir que todo esto fue producto de mi imaginación. Yo sabía que no era así, que había algo más. Ellos se estaban deshaciendo de mí, con intenciones por entonces desconocidas.

Me acompañó hasta la puerta, la abrió como arrastrando algo que la frenaba y me despidió con diplomacia y prisa. Una vez afuera, respiré hondo, miré a mi alrededor como intentando pensar fríamente lo acontecido y tuve la sensación interna de que aún no debía abandonar el lugar, sino que había algo más pendiente de ser descubierto.

Y así fue. Junto al margen inferior de la puerta, al ras del piso, había un libro finito, doblado, herido por el abrir de la puerta. Lo tomé entre mis manos y leí su tapa: “Mis parodias de diván”, luego continué:

Sesión 1: "Primeras dudas"

Con cierta desconfianza a la ruleta rusa del tratamiento por cartilla, decidí empezar terapia por mi obra social, que según me dijeron, me cubren 30 sesiones anuales. Probé con 4 psicólogos distintos y ninguno me convenció, por lo que de las 30 sesiones, me quedaron 26. Me quedé con una terapeuta que parece entenderme, no me dice nada, pero veo como asiente con la cabeza y eso me da cierta esperanza.


No podía creer lo que estaba leyendo, ambos psicólogos se habían complotado en escribir y publicar un libro sobre mí, sobre mi caso. El libro era una recopilación de mis sesiones, y comenzaba tal cual estaba escrita aquella primera sesión que publiqué en mi blog un 9 de septiembre de 2008.

Todo esto me pareció un sueño, de hecho aún no estoy seguro si lo fue o si realmente sucedió, por lo que decidí empezar una terapia nueva con un profesional idóneo para que me interpretara este sueño tan real.

Me sentí usado, estafado, indefenso, intimidado en lo más profundo por no poder controlar cierta información sobre mi persona. De todas formas, tal como le dije a mi nuevo terapeuta, “podrán tener todas las sesiones, pero nunca tendrán el final, ya que no lo pienso publicar”.

FIN.



Epílogo: Las sesiones están numeradas de la 1 a la 38, los psicólogos consultados recomiendan leer empezando por la “Sesión 1” y seguir la trama respetando la cronología. Saltear etapas no es bueno, puede generar trastornos y confusión, que con el tiempo son difíciles de superar. En ese caso, yo le puedo recomendar a alguien que lo ayude.

5 comentarios:

Javi dijo...

Qué buena forma de darle FIN a la historia!!!
Me gustó.
Che, hace semanas que no puedo escucharlos porque ahora hay 5 horas de diferencia horaria, entonces imaginate que me es imposible estar con la compu de 2 a 3 de la mañana teniendo en cuenta que entro a trabajar a las 8. Se me complica mucho.
Pero qué onda la repetición? Se sabe fehacientemente cuándo la dan?

Abrazo, Andi!

Lorena Frost dijo...

hay que juntar todas las sesiones y encuadernarlas, capaz a muchos psicólogos les pueda servir tu caso.
Sos muy especial, en el más amplio sentido de la palabra,
y un brillante contador de cuentos!

Sofy M dijo...

Yo también publique una sesión.Cuanto material tienen los psicologos.Besos.

Anónimo dijo...

Hola Andrés, quisiera solicitarle una copia de su libro, ya que estoy desarrollando una nueva metodología de psicoterapia breve.
Desde ya, y para no dejar de ser breve, me despido.
Muchas gracias,

Licenciada C.W.

maria dijo...

A mí me pasó algo bastante peculiar... Este año tuve una internación en una clínica neurosiquiátrica, ¿no?
El caso es que en la clínica me atendía el siquiatra de la obra social y de tanto en tanto me venía a visitar mi siquiatra particular. La primera vez que me vino a visitar amagó como a abrazarme(En el momento no entendí bien lo que quiso hacer dado a la "dureza" y el distanciamiento que había en el intento de abrazo), cuando se fue sucedió exactamente lo mismo.
Hace unas semanas comencé a hacer terapia con una terapeuta que me cae bastante bien, el tema es que en un principio me dijo que se sentía identificada conmigo, acto seguido comenzó a contarme algunos sucesos de su vida(Cosa sumamente prohibida en la relación paciente-profesional), la última sesión que fui, cuando estaba abriéndome la puerta para irme me dice que tiene la necesidad de abrazarme y le cedo su pedido. Pero me resultó tan raro y me quedó haciendo ruido en la cabeza, tan patética soy? O doy lástima o compasión? Seré un caso perdido? Lo sentí como cuando un médico clínico le dice a su paciente que le queda poco tiempo de vida...