Reconociendo que finalmente era YO el problema a mis problemas y a los problemas de los demás, decidí llamar a mi psicóloga para darle un cierre definitivo a esta historia. Su celular ya no pertenecía a un abonado en servicio y decidí caer de improvisto en su consultorio.
Nadie atendió el portero eléctrico, ni el portero humano. Crucé la calle y observé que en su balcón se exponía un cartel de “vendido”. Volví a la puerta del edificio y antes de volver a tocar, encontré una carta sobresaliendo del buzón, que casualmente era de mi psicóloga y decía lo siguiente: “imaginé que ibas a venir acá a buscar una explicación y la verdad es que me cansé de ser este personaje de ficción que alimenta tus delirios de sesiones y que sólo habita en tu mente, por lo que renuncio a seguir participando en esta historia”.
¿Me quiso hacer creer que todo fue producto de mi imaginación? Y de ser así, ¿es posible que un personaje que sólo habita en mi mente se rebele? Porque si justamente estuviera sólo en mi mente, soy yo quien decidiría su existencia. No era justo, creo que durante estos meses, de alguna manera la había ayudado a mi psicóloga, si bien tendría que haber sido al revés.
Sin darme por vencido recurrí al terapeuta gestáltico para que me diera una explicación pragmática a esta locura, de esas que me solía dar, del estilo: “si querés cambiar, cambiá”; “si no querés creer, no creas”; o “si te querés matar,…” no, esa espero que no.
Lo curioso es que al llegar, el terapeuta gestáltico, me recibió con una amabilidad forzada, casi exagerada, al mismo tiempo que trataba de disimular la sorpresa de verme nuevamente luego del fallido intento de la terapia grupal. No me dejó avanzar mucho más dentro del hall y me dijo:
- “Vos estás muy bien, muy bien” –como desligándose de responsabilidades, amenizando las tensiones y evitando cualquier tipo de futura conversación que implicara preguntas y respuestas extendidas en el tiempo-.
Al entender su propósito, y para su sorpresa, asentí sin cuestionar nada, pero parece que él ya tenía programados sus argumentos y continuó:
- “Está todo bien, andá tranquilo. Cuando quieras me podés buscar, pero no va a ser necesario, creéme. Por mi parte, yo quiero tomarme unas vacaciones y no tengo mucho más para decir u opinar. Tampoco quiero seguir siendo este personaje, al cual le diste vida y agradezco, pero prefiero terminar todo acá”.
Otra vez el mismo argumento, como si hubiera una conspiración para hacerme sentir que todo esto fue producto de mi imaginación. Yo sabía que no era así, que había algo más. Ellos se estaban deshaciendo de mí, con intenciones por entonces desconocidas.
Me acompañó hasta la puerta, la abrió como arrastrando algo que la frenaba y me despidió con diplomacia y prisa. Una vez afuera, respiré hondo, miré a mi alrededor como intentando pensar fríamente lo acontecido y tuve la sensación interna de que aún no debía abandonar el lugar, sino que había algo más pendiente de ser descubierto.
Y así fue. Junto al margen inferior de la puerta, al ras del piso, había un libro finito, doblado, herido por el abrir de la puerta. Lo tomé entre mis manos y leí su tapa: “Mis parodias de diván”, luego continué:
Sesión 1: "Primeras dudas"
Con cierta desconfianza a la ruleta rusa del tratamiento por cartilla, decidí empezar terapia por mi obra social, que según me dijeron, me cubren 30 sesiones anuales. Probé con 4 psicólogos distintos y ninguno me convenció, por lo que de las 30 sesiones, me quedaron 26. Me quedé con una terapeuta que parece entenderme, no me dice nada, pero veo como asiente con la cabeza y eso me da cierta esperanza.
No podía creer lo que estaba leyendo, ambos psicólogos se habían complotado en escribir y publicar un libro sobre mí, sobre mi caso. El libro era una recopilación de mis sesiones, y comenzaba tal cual estaba escrita aquella primera sesión que publiqué en mi blog un 9 de septiembre de 2008.
Todo esto me pareció un sueño, de hecho aún no estoy seguro si lo fue o si realmente sucedió, por lo que decidí empezar una terapia nueva con un profesional idóneo para que me interpretara este sueño tan real.
Me sentí usado, estafado, indefenso, intimidado en lo más profundo por no poder controlar cierta información sobre mi persona. De todas formas, tal como le dije a mi nuevo terapeuta, “podrán tener todas las sesiones, pero nunca tendrán el final, ya que no lo pienso publicar”.
FIN.
Epílogo: Las sesiones están numeradas de la 1 a la 38, los psicólogos consultados recomiendan leer empezando por la “Sesión 1” y seguir la trama respetando la cronología. Saltear etapas no es bueno, puede generar trastornos y confusión, que con el tiempo son difíciles de superar. En ese caso, yo le puedo recomendar a alguien que lo ayude.
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jueves, 28 de mayo de 2009
domingo, 5 de abril de 2009
Sesión 38: "La terapia grupal"
La realidad es que fui un poco tímido e inseguro a la terapia de grupo. Como comúnmente dice la gente común, me sentía como: "sapo de otro pozo", con la diferencia que ni siquiera sabía si yo era el sapo, el pozo o algún otro animal.
Me llamó la atención ver un grupo tan extendido, a simple vista parecían como 20 personas, algo que considero poco maleable para atender las necesidades de todos. Sin embargo, el grupo parecía estar bien consolidado.
Apenas entré a la sala mi indecisión no supo dónde ubicarme y mi ansiedad le sugirió a mi paciencia sentarse en el extremo más cercano a la puerta de entrada, que una vez adentro se transformó automáticamente en puerta de salida.
Como nuevo integrante me tocó presentarme y no sé que se pasó por mi mente para decir lo que dije. Tal vez la idea de que alguna chica linda camuflada entre el montón -y que aún no había divisado- se fijara en mí. De hecho me fue muy bien, me levanté a una esquizofrénica. No, perdón, ahora que lo recuerdo eso no sucedió. Sin embargo aquello que dije tuvo otro tipo de repercusión.
- Soy un ser extremadamente sensible al punto que siento que tengo poderes ultraperceptivos que me hacen ver a través de las personas y eso me genera paranoia y poca relajación. El asombro hacia la inmensidad del universo y del tiempo no descansan en mi mente. Me cuesta aceptar límites, estructuras y definiciones, y a su vez, las necesito. Olvidé decir mi nombre, me llamo Andrés, soy un tipo profundo, tanto que me ahogo en mí.
- Usá flotadores! -me contestó un barbudo de anteojos de aproximadamente unos 45 años, causando un tsunami de carcajadas entre todo el grupo-.
Después de ese episodio no quise hablar más y me quedé lamentando mi decisión de permanecer ahí. De repente, algo que vi me apartó totalmente del lugar y mi atención se fue completamente de la sala.
Estaba seguro que era ella: mi psicóloga, la que hacía pocos días me había dejado de atender, y que ahora tapaba su rostro con un cuaderno para no ser reconocida. Al lado de ella, el encargado del estacionamiento lindero a su consultorio, ese buen tipo que tan prácticos consejos me había dado oportunamente.
Ella seguía con su cuaderno como muro divisor y yo no podía lograr interceptar su mirada. Con la paciencia de un esquimal con paciencia esperé el momento adecuado para hablar y desatar todas mis broncas contenidas.
De repente no aguanté más, interrumpí a uno que estaba hablando sobre su miedo a las palomas, tomé la palabra y empecé a relatar mi historia sobre mi terapia paralela con la psicóloga.
Luego de 50 minutos de hablar sin parar, recorriendo con lujo de detalles por todos los matices que tuvieron los encuentros con ella, desde sus primerizas miradas fugaces hacia el reloj; su habilidad para despacharme antes de cumplir el tiempo estipulado; no recordar mi nombre hasta la sesión número 16; su incapacidad para ayudarme diciendo que era lógico que esté mal; la vez que por error atendió al fumigador; mi estéril deseo de dejarla para que luego me deje ella; finalizando con que tenía un affaire con el encargado del estacionamiento y que ambos se encontraban presentes en la sala.
En ese momento, ella bajó su cuaderno, nuestras miradas se tocaron y ahí entendí dos cosas: que acababa de complicar inmerecidamente a ese buen hombre que me había ayudado; y que aquella persona cuyo cuaderno separaba nuestras miradas no era mi psicóloga, sino la mujer de aquel buen hombre.
El encargado del estacionamiento se defendió negando ser él y argumentando que nunca me había visto en su vida. Todos los demás me acusaron de haberlos hecho perder 50 minutos de sesión. Me angustié mucho por mi torpeza, me sentí un incomprendido total, un desamparado, o tal vez, este mundo de las terapias me estaba volviendo loco.
En los últimos 10 minutos de sesión todos plantearon brevemente sus problemas más actuales. Casualmente todos tenían el mismo problema: El problema era yo.
Me llamó la atención ver un grupo tan extendido, a simple vista parecían como 20 personas, algo que considero poco maleable para atender las necesidades de todos. Sin embargo, el grupo parecía estar bien consolidado.
Apenas entré a la sala mi indecisión no supo dónde ubicarme y mi ansiedad le sugirió a mi paciencia sentarse en el extremo más cercano a la puerta de entrada, que una vez adentro se transformó automáticamente en puerta de salida.
Como nuevo integrante me tocó presentarme y no sé que se pasó por mi mente para decir lo que dije. Tal vez la idea de que alguna chica linda camuflada entre el montón -y que aún no había divisado- se fijara en mí. De hecho me fue muy bien, me levanté a una esquizofrénica. No, perdón, ahora que lo recuerdo eso no sucedió. Sin embargo aquello que dije tuvo otro tipo de repercusión.
- Soy un ser extremadamente sensible al punto que siento que tengo poderes ultraperceptivos que me hacen ver a través de las personas y eso me genera paranoia y poca relajación. El asombro hacia la inmensidad del universo y del tiempo no descansan en mi mente. Me cuesta aceptar límites, estructuras y definiciones, y a su vez, las necesito. Olvidé decir mi nombre, me llamo Andrés, soy un tipo profundo, tanto que me ahogo en mí.
- Usá flotadores! -me contestó un barbudo de anteojos de aproximadamente unos 45 años, causando un tsunami de carcajadas entre todo el grupo-.
Después de ese episodio no quise hablar más y me quedé lamentando mi decisión de permanecer ahí. De repente, algo que vi me apartó totalmente del lugar y mi atención se fue completamente de la sala.
Estaba seguro que era ella: mi psicóloga, la que hacía pocos días me había dejado de atender, y que ahora tapaba su rostro con un cuaderno para no ser reconocida. Al lado de ella, el encargado del estacionamiento lindero a su consultorio, ese buen tipo que tan prácticos consejos me había dado oportunamente.
Ella seguía con su cuaderno como muro divisor y yo no podía lograr interceptar su mirada. Con la paciencia de un esquimal con paciencia esperé el momento adecuado para hablar y desatar todas mis broncas contenidas.
De repente no aguanté más, interrumpí a uno que estaba hablando sobre su miedo a las palomas, tomé la palabra y empecé a relatar mi historia sobre mi terapia paralela con la psicóloga.
Luego de 50 minutos de hablar sin parar, recorriendo con lujo de detalles por todos los matices que tuvieron los encuentros con ella, desde sus primerizas miradas fugaces hacia el reloj; su habilidad para despacharme antes de cumplir el tiempo estipulado; no recordar mi nombre hasta la sesión número 16; su incapacidad para ayudarme diciendo que era lógico que esté mal; la vez que por error atendió al fumigador; mi estéril deseo de dejarla para que luego me deje ella; finalizando con que tenía un affaire con el encargado del estacionamiento y que ambos se encontraban presentes en la sala.
En ese momento, ella bajó su cuaderno, nuestras miradas se tocaron y ahí entendí dos cosas: que acababa de complicar inmerecidamente a ese buen hombre que me había ayudado; y que aquella persona cuyo cuaderno separaba nuestras miradas no era mi psicóloga, sino la mujer de aquel buen hombre.
El encargado del estacionamiento se defendió negando ser él y argumentando que nunca me había visto en su vida. Todos los demás me acusaron de haberlos hecho perder 50 minutos de sesión. Me angustié mucho por mi torpeza, me sentí un incomprendido total, un desamparado, o tal vez, este mundo de las terapias me estaba volviendo loco.
En los últimos 10 minutos de sesión todos plantearon brevemente sus problemas más actuales. Casualmente todos tenían el mismo problema: El problema era yo.
domingo, 15 de marzo de 2009
Sesión 37: "La consulta gestáltica VI"
Luego de mi última sesión con la psicóloga, en la que no me dio de alta, sino de baja, necesité desahogarme por lo sucedido. Por suerte aún me quedaba una carta: mi terapeuta gestáltico.
Aún me quedaba un consuelo: alguien que sostenga que la culpa no era mía.
Aún me quedaba algo pendiente: Bueno, le debía una sesión. No importa.
Sin embargo, aún me quedaba una frase por escuchar.
- "Estuve pensando y llegué a la conclusión de que no tiene sentido que sigas viniendo. No tiene sentido que sigas pagando. Vos sos así. No podés cambiar, no querés. En todo caso, te recomiendo que continúes solamente con la terapia grupal que te recomendé en nuestro último encuentro."
Recuerdo como un torbellino de humo sus palabras. Y lo peor es que no es un chiste, o una ocurrencia pintoresca para subir a este espacio virtual y quede entretenido. Esto sucedió en verdad.
Me puede desechar una mujer, una novia, un jefe, un director, ¿pero un psicólogo? ¿Un profesional al que le pago para que me escuche? ¿No quiere mi dinero? ¿Lo frustro como analista?
Sólo 6 encuentros. Nada más. 6 encuentros para que se diera cuenta de que yo no era el paciente indicado para él. Y asimismo, yo estaba dejando de ser paciente.
Aún me quedaba algo de ello: esperar 40 minutos.
Estaba por comenzar mi terapia grupal.
Aún me quedaba un consuelo: alguien que sostenga que la culpa no era mía.
Aún me quedaba una posibilidad: alguien que me entendiera y me diera la razón.
Aún me quedaba una esperanza: transitar por un único camino hacia mi cura y seguir...Aún me quedaba algo pendiente: Bueno, le debía una sesión. No importa.
Sin embargo, aún me quedaba una frase por escuchar.
- "Estuve pensando y llegué a la conclusión de que no tiene sentido que sigas viniendo. No tiene sentido que sigas pagando. Vos sos así. No podés cambiar, no querés. En todo caso, te recomiendo que continúes solamente con la terapia grupal que te recomendé en nuestro último encuentro."
Recuerdo como un torbellino de humo sus palabras. Y lo peor es que no es un chiste, o una ocurrencia pintoresca para subir a este espacio virtual y quede entretenido. Esto sucedió en verdad.
Me puede desechar una mujer, una novia, un jefe, un director, ¿pero un psicólogo? ¿Un profesional al que le pago para que me escuche? ¿No quiere mi dinero? ¿Lo frustro como analista?
Sólo 6 encuentros. Nada más. 6 encuentros para que se diera cuenta de que yo no era el paciente indicado para él. Y asimismo, yo estaba dejando de ser paciente.
Aún me quedaba algo de ello: esperar 40 minutos.
Estaba por comenzar mi terapia grupal.
lunes, 2 de marzo de 2009
Sesión 36: "Miedo al rechazo"
La psicóloga me dejó un mensaje en mi contestador en el que me decía que quería verme antes, para recuperar una sesión que, extrañamente, todavía no había perdido. Su voz estaba rara, entrecortada, misteriosa, seria, pero no estaba seguro de eso. Tal vez la distorsión era producida por una mala señal en la comunicación, típica de los teléfonos celulares.
Acudí sin mucho para contar, pero pensé que en una de esas, el no saber qué decir iba a permitirme entregarme de manera transparente y pura a la espontaneidad del momento, a lo que surgiera en el encuentro, sin escudos, sin defensas, sin preparación para atajarme ante visiones que prefiero no mirar.
- Durante este tiempo de tratamiento, dejaste al descubierto ciertos rasgos obsesivos, fóbicos, paranoicos, pesimistas, contradictorios y una decidida indecisión constante. Mi pregunta es: ¿A dónde pretendés no llegar con esto? ¿De qué huís? ¿A qué le temés?
- No sé, creo que le tengo miedo al rechazo.
- ¿Recordás alguna situación familiar de tu infancia que te haya marcado generando un trauma?
- Sí -le dije un tanto conmovido y sorprendido por no tener el control de la situación-.
- ¿Recordás cuál fue? Sí fue con tu papá, con tu mamá, o en qué contexto...
- De chico me llevaron a Disney y...
- Tranquilo, decilo, yo no te voy a juzgar por lo que pudo haber pasado.
- No pude sacarme una foto con el ratón Mickey.
- ¿Había mucha gente para sacarse fotos con él?
- No... Él no quiso.
- ¿Y tus padres hicieron algo al respecto?
- Sí, se disculparon con Mickey.
- ¿Y entonces?
- Lo pusieron a mi hermano al lado de Mickey y lo fotografiaron.
- ¿Y Pluto?
- ¿Qué importancia tiene Pluto?! Yo quería la foto con Mickey y él me rechazó. A ver si me entiende: un chabón, que está adentro de un disfraz con sonrisa, cuya única misión es ponerse al lado de los visitantes del lugar para sacarse una foto, no quiso posar al lado mío. ¿Me entiende? Ni siquiera necesitaba sonreír para la foto.
- Entiendo, es difícil. Más siendo el hermano menor. Pero tu caso no es tan grave, conozco situaciones más conflictivas. Pasa en muchas familias.
- ¿En serio? -pregunté entusiasmado- ¿En cuáles?
- ¿Qué sentirá Luigi el hermano de Mario Bros.? Nunca nadie lo reconoció. Es como Mirtha Legrand y su hermana gemela; y más que nada es como la hermana de la sole.
- No sé de qué está hablando licenciada, ¿se siente bien?
Se detuvo unos segundos pensando y cuando parecía tener todas las respuestas del universo, los secretos del más allá, las verdades trascendentales del espíritu humano y conocer el destino inminente de la humanidad, continuó de manera solemne y reflexiva, como pensando en voz alta:
- ¿Qué onda la hermana de la Sole? ¿De qué la juega? Cuando llena un formulario y le preguntan profesión, ¿qué contesta? ¿"Hermana de la Sole"? Creo que hasta los padres la llaman así. Nadie sabe cómo canta, ni cómo piensa, ni qué opina. Solo la ven ahí, acompañando.... con el poncho en el aire. Además, ¿Por qué es la Sole y no la hermana? ¿Qué tiene una que no tenga la otra? Le podría haber tocado a cualquiera de las dos. Fue una ruleta... Se podrían haber llamado "Soledad y Natalia", o en el peor de los casos "La Sole & Co." o "Soledad Bros."
- Me parece muy burdo y vulgar nombrar a este personaje mediático en una sesión de psicoanálisis, no me gusta la farándula. Además, ¿qué le importa a ud. todo eso?
- Es que yo también soy hermana menor.
- Pero estábamos hablando de mis problemas, de que siento que la gente me rechaza. ¿Tiene alguna solución?
- Sí, no vuelvas más.
- ¿Cómo dice?
- Digo, que consideres la posibilidad de ponerle un fin a todo esto. Estamos hace tiempo trabajando y creo que no nos está conduciendo a ningún lado. Y yo ya me cansé de ser un personaje ficcional y quedar siempre mal parada. Pero pensalo, es tu decisión.
Salí con ganas de suicidarme, así que quise cambiar de psicóloga. Pero ella me ganó de mano, cambió de paciente. Empezó a atender a mi hermano, argumentó que tenía más onda y que podía pagar más.
Acudí sin mucho para contar, pero pensé que en una de esas, el no saber qué decir iba a permitirme entregarme de manera transparente y pura a la espontaneidad del momento, a lo que surgiera en el encuentro, sin escudos, sin defensas, sin preparación para atajarme ante visiones que prefiero no mirar.
- Durante este tiempo de tratamiento, dejaste al descubierto ciertos rasgos obsesivos, fóbicos, paranoicos, pesimistas, contradictorios y una decidida indecisión constante. Mi pregunta es: ¿A dónde pretendés no llegar con esto? ¿De qué huís? ¿A qué le temés?
- No sé, creo que le tengo miedo al rechazo.
- ¿Recordás alguna situación familiar de tu infancia que te haya marcado generando un trauma?
- Sí -le dije un tanto conmovido y sorprendido por no tener el control de la situación-.
- ¿Recordás cuál fue? Sí fue con tu papá, con tu mamá, o en qué contexto...
- De chico me llevaron a Disney y...
- Tranquilo, decilo, yo no te voy a juzgar por lo que pudo haber pasado.
- No pude sacarme una foto con el ratón Mickey.
- ¿Había mucha gente para sacarse fotos con él?
- No... Él no quiso.
- ¿Y tus padres hicieron algo al respecto?
- Sí, se disculparon con Mickey.
- ¿Y entonces?
- Lo pusieron a mi hermano al lado de Mickey y lo fotografiaron.
- ¿Y Pluto?
- ¿Qué importancia tiene Pluto?! Yo quería la foto con Mickey y él me rechazó. A ver si me entiende: un chabón, que está adentro de un disfraz con sonrisa, cuya única misión es ponerse al lado de los visitantes del lugar para sacarse una foto, no quiso posar al lado mío. ¿Me entiende? Ni siquiera necesitaba sonreír para la foto.
- Entiendo, es difícil. Más siendo el hermano menor. Pero tu caso no es tan grave, conozco situaciones más conflictivas. Pasa en muchas familias.
- ¿En serio? -pregunté entusiasmado- ¿En cuáles?
- ¿Qué sentirá Luigi el hermano de Mario Bros.? Nunca nadie lo reconoció. Es como Mirtha Legrand y su hermana gemela; y más que nada es como la hermana de la sole.
- No sé de qué está hablando licenciada, ¿se siente bien?
Se detuvo unos segundos pensando y cuando parecía tener todas las respuestas del universo, los secretos del más allá, las verdades trascendentales del espíritu humano y conocer el destino inminente de la humanidad, continuó de manera solemne y reflexiva, como pensando en voz alta:
- ¿Qué onda la hermana de la Sole? ¿De qué la juega? Cuando llena un formulario y le preguntan profesión, ¿qué contesta? ¿"Hermana de la Sole"? Creo que hasta los padres la llaman así. Nadie sabe cómo canta, ni cómo piensa, ni qué opina. Solo la ven ahí, acompañando.... con el poncho en el aire. Además, ¿Por qué es la Sole y no la hermana? ¿Qué tiene una que no tenga la otra? Le podría haber tocado a cualquiera de las dos. Fue una ruleta... Se podrían haber llamado "Soledad y Natalia", o en el peor de los casos "La Sole & Co." o "Soledad Bros."
- Me parece muy burdo y vulgar nombrar a este personaje mediático en una sesión de psicoanálisis, no me gusta la farándula. Además, ¿qué le importa a ud. todo eso?
- Es que yo también soy hermana menor.
- Pero estábamos hablando de mis problemas, de que siento que la gente me rechaza. ¿Tiene alguna solución?
- Sí, no vuelvas más.
- ¿Cómo dice?
- Digo, que consideres la posibilidad de ponerle un fin a todo esto. Estamos hace tiempo trabajando y creo que no nos está conduciendo a ningún lado. Y yo ya me cansé de ser un personaje ficcional y quedar siempre mal parada. Pero pensalo, es tu decisión.
Salí con ganas de suicidarme, así que quise cambiar de psicóloga. Pero ella me ganó de mano, cambió de paciente. Empezó a atender a mi hermano, argumentó que tenía más onda y que podía pagar más.
miércoles, 11 de febrero de 2009
Sesión 35: "Hacer transferencia en el tiempo"
Un poco harto del mundo y de esta terapia que sólo me conduce a lugares absurdos, desconocidos y bizarros, aproveché mis minutos de sesión para desahogarme verbalmente, independientemente de la capacidad intelectual de mi interlocutora y lo que ésta me pudiera llegar a decir al respecto. De todas formas, pensé, que con el sólo hecho de contar mis cosas en voz alta, y de escucharme a mí mismo, no perdería nada. De este modo comencé:
- Cada día me convenzo más de que gente mala hay en todos los rubros y en todos lados. Y están sueltos, y van al supermercado, y al cine, y al teatro, y a comer afuera, y votan, y caminan por las mismas veredas que yo, y sus conciencias no les dicen nada. Eso me afecta. E incluso algunos son psicólogos -la verdad no medí la magnitud de mis palabras y tampoco era mi intención agredirla, el acto fallido se escurrió entre la hilera de palabras-.
Ella reaccionó pareciendo estar en otro lugar, y volviendo al escuchar la palabra "psicólogo", preguntó:
- Perdón, ¿Qué decís de que algunos son psicólogos?
- No, quise decir que por eso voy al psicólogo.
- Es importante que vos hagas lo que en psicoanálisis se llama "transferencia" con el psicólogo, o sea conmigo. La transferencia es la proyección de los sentimientos hostiles y amorosos de los objetos primarios hacia la figura del analista. En palabras simples, significa que te puedas abrir al profesional y depositar en él tu confianza y juntos avanzar por el camino hacia la cura.
- A mi me afecta la maldad de las personas. Creo que en la vida todos actuamos. Todos encarnamos un papel: el maestro, el médico. Yo por ejemplo actúo de mí. No me sale muy bien, pero es lo que hay. Sea como fuere, no puedo concebir el egoísmo, la envidia, la ambición y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
- Hay mucho loco también dando vuelta y esos son los más peligrosos. A los locos hay que darles siempre la razón para que no se pongan agresivos. Por otro lado, el común de la gente suele pensar que todo es un medio para un fin y el medio termina siendo un fin en si mismo. Lo ideal sería que ser feliz fuera el fin en si mismo, en cada acción, y en el presente.
- El presente es tan efímero que no me doy cuenta de que está pasando. A veces pienso que hay tantas dimensiones como posibilidades temporales y me parece lógico como modelo matemático.
- ¿A qué te referís?
- Pienso que el tiempo -pasado, presente y futuro- es uno solo, como un río alargado y que en este momento hay varios Andrés(es) viviendo en otras dimensiones, tanto en el pasado, como en el futuro.
- Es interesante lo que decís. ¿Y en este momento que está haciendo tu pasado?
- Lo mismo que ya hice, pero es una dimensión a la que yo no puedo acceder. Esta sucediendo justo ahora, pero en otro plano temporal.
- Mmmm! Suena a teoría revolucionaria.
- ¿Y en tu futuro que estás haciendo ahora?
- En este momento en una dimensión equis del futuro nosotros dos estamos teniendo una futura sesión.
- Es cierto, estoy de acuerdo con esa teoría. Me parece brillante -dijo entusiasmada la psicóloga-.
- Me gusta que nos pongamos de acuerdo. Como ud. dijo antes, eso debe ayudar a la transferencia. Y creo que la transferencia de hoy se realizó con éxito.
- Sí, va muy bien. Aunque aún falta algo más para realizarla bien del todo.
- ¿Qué falta?
- Anotá: 197-09585-2086, Banco Santander Río. Me debés un mes de sesiones del lunes 5 al miércoles 28 de abril de 2010.
- Cada día me convenzo más de que gente mala hay en todos los rubros y en todos lados. Y están sueltos, y van al supermercado, y al cine, y al teatro, y a comer afuera, y votan, y caminan por las mismas veredas que yo, y sus conciencias no les dicen nada. Eso me afecta. E incluso algunos son psicólogos -la verdad no medí la magnitud de mis palabras y tampoco era mi intención agredirla, el acto fallido se escurrió entre la hilera de palabras-.
Ella reaccionó pareciendo estar en otro lugar, y volviendo al escuchar la palabra "psicólogo", preguntó:
- Perdón, ¿Qué decís de que algunos son psicólogos?
- No, quise decir que por eso voy al psicólogo.
- Es importante que vos hagas lo que en psicoanálisis se llama "transferencia" con el psicólogo, o sea conmigo. La transferencia es la proyección de los sentimientos hostiles y amorosos de los objetos primarios hacia la figura del analista. En palabras simples, significa que te puedas abrir al profesional y depositar en él tu confianza y juntos avanzar por el camino hacia la cura.
- A mi me afecta la maldad de las personas. Creo que en la vida todos actuamos. Todos encarnamos un papel: el maestro, el médico. Yo por ejemplo actúo de mí. No me sale muy bien, pero es lo que hay. Sea como fuere, no puedo concebir el egoísmo, la envidia, la ambición y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
- Hay mucho loco también dando vuelta y esos son los más peligrosos. A los locos hay que darles siempre la razón para que no se pongan agresivos. Por otro lado, el común de la gente suele pensar que todo es un medio para un fin y el medio termina siendo un fin en si mismo. Lo ideal sería que ser feliz fuera el fin en si mismo, en cada acción, y en el presente.
- El presente es tan efímero que no me doy cuenta de que está pasando. A veces pienso que hay tantas dimensiones como posibilidades temporales y me parece lógico como modelo matemático.
- ¿A qué te referís?
- Pienso que el tiempo -pasado, presente y futuro- es uno solo, como un río alargado y que en este momento hay varios Andrés(es) viviendo en otras dimensiones, tanto en el pasado, como en el futuro.
- Es interesante lo que decís. ¿Y en este momento que está haciendo tu pasado?
- Lo mismo que ya hice, pero es una dimensión a la que yo no puedo acceder. Esta sucediendo justo ahora, pero en otro plano temporal.
- Mmmm! Suena a teoría revolucionaria.
- ¿Y en tu futuro que estás haciendo ahora?
- En este momento en una dimensión equis del futuro nosotros dos estamos teniendo una futura sesión.
- Es cierto, estoy de acuerdo con esa teoría. Me parece brillante -dijo entusiasmada la psicóloga-.
- Me gusta que nos pongamos de acuerdo. Como ud. dijo antes, eso debe ayudar a la transferencia. Y creo que la transferencia de hoy se realizó con éxito.
- Sí, va muy bien. Aunque aún falta algo más para realizarla bien del todo.
- ¿Qué falta?
- Anotá: 197-09585-2086, Banco Santander Río. Me debés un mes de sesiones del lunes 5 al miércoles 28 de abril de 2010.
lunes, 9 de febrero de 2009
Sesión 34: "Poder de negación"
Llegué al consultorio de mi psicóloga y curiosamente no había ningún paciente antes que yo. Desde la sala me hizo señas para que pase y entonces entré.
- Llegaste tarde -me dijo-.
Me fijé en mi reloj y noté que sólo estaba 2 minutos retrasado, tiempo insignificante si tomo como parámetro las veces que me hizo esperar en el hall.
- ¿Tarde? Son sólo 2 minutos.
- No niegues. En mi reloj son cinco minutos.
- Me costó levantarme. El sábado a la noche tuve un casamiento y todavía no me pude recuperar del todo.
- Ah, qué bueno... tuviste un casamiento!
- No me gustan los casamientos.
- Bueno, no seas tan absoluto. ¿Acaso vos no te querés casar?
- Sí, pero no me invitaría a mí.
- Pero, ¿no te gustan los casamientos ni para comer gratis?
- ¿De qué habla licenciada? Uno no come gratis en los casamientos. Uno tiene que hacer un regalo que equivale al costo del cubierto, que casi siempre es plata.
- No siempre. Muchas veces pueden ser electrodomésticos o artículos para el hogar.
- Ya no!..., siempre es plata. Llegué no recuerdo si a Frávega o Garbarino, pregunté por la lista del casamiento y luego le dije al vendedor que quería comprar una cafetera eléctrica. Le pregunté si podía regalar eso o si ya alguien más lo había regalado.
- Claro, muy prudente de tu parte. Es incómodo que te regalen dos veces lo mismo. Nadie necesita dos cafeteras, excepto quieran poner un bar.
- Es que ahora viene el asunto de porqué le digo que siempre es plata. El vendedor me contestó que no tiene importancia el objeto que yo elija regalar, que los novios lo que van a ver es cuánta plata puse y después ellos van a elegir lo que realmente quieren o necesitan. De hecho, para asegurarme de haber entendido bien, le pregunté al vendedor: "¿Sólo ven la plata que regalo? ¿Mi obsequio es sólo un número monetario? Entonces, con ese criterio, puedo regalar 5 cafeteras." ¿Entiende lo que le quiero decir?
- Sí, de alguna manera con 5 cafeteras les estás sugiriendo que pongan un bar o una cafetería.
- No, yo no quiero que pongan un bar. Lo que digo, es que es lo mismo regalar 5 cafeteras de 100 pesos que un televisor de $500.
- No! Vos estás muy mal. Un televisor no hace café. Y si vos querés que ellos pongan una cafetería yo te recomiendo que regales menos cafeteras y agregues una tostadora, una licuadora y una sanguchera. Hay algunas muy buenas que traen de China.
- Pero las cafeteras, las sangucheras y las licuadoras no existen, es su valor monetario lo que importa, que ellos canjean por lo que necesitan realmente.
- ¿Cómo vas a decir que no existen las cafeteras? Eso ya es tener un poder de negación extremo. Vos estás muy enfermo. Tenés que reconocer y aceptar tu entorno, no negarlo y decir que no existen las cafeteras, las licuadoras y las tostadoras. ¿Querés que te traiga una de la cocina así la ves y te das cuenta que existen?
- Me estoy refiriendo a otra cosa. Que no importa el regalo como objeto en sí.
- Bueno, entonces no entiendo de qué te quejás. Si no importa el regalo, no les regales y punto. Comé gratis. Y las cafeteras dámelas a mi, que sí quiero poner un bar.
- Llegaste tarde -me dijo-.
Me fijé en mi reloj y noté que sólo estaba 2 minutos retrasado, tiempo insignificante si tomo como parámetro las veces que me hizo esperar en el hall.
- ¿Tarde? Son sólo 2 minutos.
- No niegues. En mi reloj son cinco minutos.
- Me costó levantarme. El sábado a la noche tuve un casamiento y todavía no me pude recuperar del todo.
- Ah, qué bueno... tuviste un casamiento!
- No me gustan los casamientos.
- Bueno, no seas tan absoluto. ¿Acaso vos no te querés casar?
- Sí, pero no me invitaría a mí.
- Pero, ¿no te gustan los casamientos ni para comer gratis?
- ¿De qué habla licenciada? Uno no come gratis en los casamientos. Uno tiene que hacer un regalo que equivale al costo del cubierto, que casi siempre es plata.
- No siempre. Muchas veces pueden ser electrodomésticos o artículos para el hogar.
- Ya no!..., siempre es plata. Llegué no recuerdo si a Frávega o Garbarino, pregunté por la lista del casamiento y luego le dije al vendedor que quería comprar una cafetera eléctrica. Le pregunté si podía regalar eso o si ya alguien más lo había regalado.
- Claro, muy prudente de tu parte. Es incómodo que te regalen dos veces lo mismo. Nadie necesita dos cafeteras, excepto quieran poner un bar.
- Es que ahora viene el asunto de porqué le digo que siempre es plata. El vendedor me contestó que no tiene importancia el objeto que yo elija regalar, que los novios lo que van a ver es cuánta plata puse y después ellos van a elegir lo que realmente quieren o necesitan. De hecho, para asegurarme de haber entendido bien, le pregunté al vendedor: "¿Sólo ven la plata que regalo? ¿Mi obsequio es sólo un número monetario? Entonces, con ese criterio, puedo regalar 5 cafeteras." ¿Entiende lo que le quiero decir?
- Sí, de alguna manera con 5 cafeteras les estás sugiriendo que pongan un bar o una cafetería.
- No, yo no quiero que pongan un bar. Lo que digo, es que es lo mismo regalar 5 cafeteras de 100 pesos que un televisor de $500.
- No! Vos estás muy mal. Un televisor no hace café. Y si vos querés que ellos pongan una cafetería yo te recomiendo que regales menos cafeteras y agregues una tostadora, una licuadora y una sanguchera. Hay algunas muy buenas que traen de China.
- Pero las cafeteras, las sangucheras y las licuadoras no existen, es su valor monetario lo que importa, que ellos canjean por lo que necesitan realmente.
- ¿Cómo vas a decir que no existen las cafeteras? Eso ya es tener un poder de negación extremo. Vos estás muy enfermo. Tenés que reconocer y aceptar tu entorno, no negarlo y decir que no existen las cafeteras, las licuadoras y las tostadoras. ¿Querés que te traiga una de la cocina así la ves y te das cuenta que existen?
- Me estoy refiriendo a otra cosa. Que no importa el regalo como objeto en sí.
- Bueno, entonces no entiendo de qué te quejás. Si no importa el regalo, no les regales y punto. Comé gratis. Y las cafeteras dámelas a mi, que sí quiero poner un bar.
sábado, 31 de enero de 2009
Sesión 33: "La consulta gestáltica V"
Viernes, cansancio, sensación de pesadez que realenta los minutos, camino la última cuadra en un andar sin ganas, como arrastrando baldosas que se acumulan en mis cordones. Llego, me descalzo, me dejo caer como una torre de latas que no se puede mantener erguida, me desparramo sobre el puf naranja de la sala y exclamo...: puff!. Luego el psicólogo me pregunta:
- ¿Cómo fue tu semana?
- Mi semana nunca empieza hasta que termina.
- No existe el fin sin el principio. Cada cosa existe gracias a su opuesto.
- No estoy de acuerdo, yo existo gracias a mis padres.
- Ellos son opuestos, un hombre y una mujer.
- Sí, es cierto, además se matan entre sí.
- Quizás ahí estén las razones de tu depresión.
- No, toda mi vida estuve deprimido sin razones. Pero ya me cansé, ya asumí mis falencias, ahora quiero hacer el click, es hora de alabar la vida.
- Bien. ¿Encontraste las razones que te deprimían?
- No, las perdí aún más.
- Siempre tomás el camino inverso. A ver, ¿qué fue lo mejor que hiciste en tu vida?
- Lo mejor que hice en mi vida fue lo que no hice.
- Entonces todo... digo, como no hiciste nunca nada, todo fue lo mejor. -me dijo de manera irónica y burlona, luego continuó:- Veo que no querés cambiar. Cambiar significa jugarse por lo que uno cree o lo que uno es. ¿Por qué no lo hacés?
- Supongo que hay que tener paciencia, yo justo soy ansioso. Supongo que hay que tener fuerza, yo justo soy débil. Supongo que hay que mirar para adelante, yo justo soy nostálgico. Supongo que no hay que suponer, yo justo supongo.
- No me hagas un monólogo! No estás en el teatro ahora. La pregunta es: ¿Vos querés realmente vivir una vida emocionante sin sentir miedo ni culpa?
- Sí. Quiero arrojarme al vació desde lo alto, pero con un paracaídas. Quiero caminar sobre la cuerda floja, pero caer sobre una colchoneta. Quiero sentirme libre y solo, pero que haya alguien que me espere en casa. Quiero echarme a andar a toda velocidad en una bici..., pero con rueditas.
- Acostumbrás a ver la vida en términos de todo o nada, pero te quedás en la mitad. Y encima, me seguís haciendo el monólogo.
- Pero yo soy así, es lo que me pasa.
- Pensá bien si vale la pena que sigas viniendo. Te recomiendo que empieces una terapia de grupo. Vas a conocer personas que están en situaciones dolorosas, pero dolorosas en serio. No como en tu caso que es todo producto de tu cosmovisión caprichosa. Después de tu sesión justo tengo un grupo, te recomiendo que pruebes.
- La verdad, me da pudor ir a una terapia de grupo. Desconfío de esas cosas.
- No prejuzgues. Es muy común asistir a este tipo de encuentros. Además, te vas a dar cuenta que escuchando a los demás y ayudando a resolver problemas ajenos, te ayudás y te fortalecés vos.
- Te agradezco, pero no me convence.
- Probá, dura 2 horas y tiene un costo accesible.
- No, en serio, hoy no puedo. Tomá, te pago $100 de la sesión de recién.
- Gracias, ...bien, como te decía, son sólo 20 pesos la sesión, pensalo. Si querés podés abonar ahora y te reservo el cupo para la semana que viene. Hay chicas muy lindas, muy interesantes. Suele pasar que hay parejas que se conocen en una terapia de grupo, se ponen a salir y luego se casan...
- ¿Tenés cambio de 50?
- Supongo que nunca debo tener cambio..., ah!... yo justo hoy tengo.
- Lo único que me hace ruido, es que siento que empezar una terapia de grupo es lo más bajo que alguien puede caer, es como caminar sobre la cuerda floja.
- No te preocupes, hay colchonetas.
- ¿Cómo fue tu semana?
- Mi semana nunca empieza hasta que termina.
- No existe el fin sin el principio. Cada cosa existe gracias a su opuesto.
- No estoy de acuerdo, yo existo gracias a mis padres.
- Ellos son opuestos, un hombre y una mujer.
- Sí, es cierto, además se matan entre sí.
- Quizás ahí estén las razones de tu depresión.
- No, toda mi vida estuve deprimido sin razones. Pero ya me cansé, ya asumí mis falencias, ahora quiero hacer el click, es hora de alabar la vida.
- Bien. ¿Encontraste las razones que te deprimían?
- No, las perdí aún más.
- Siempre tomás el camino inverso. A ver, ¿qué fue lo mejor que hiciste en tu vida?
- Lo mejor que hice en mi vida fue lo que no hice.
- Entonces todo... digo, como no hiciste nunca nada, todo fue lo mejor. -me dijo de manera irónica y burlona, luego continuó:- Veo que no querés cambiar. Cambiar significa jugarse por lo que uno cree o lo que uno es. ¿Por qué no lo hacés?
- Supongo que hay que tener paciencia, yo justo soy ansioso. Supongo que hay que tener fuerza, yo justo soy débil. Supongo que hay que mirar para adelante, yo justo soy nostálgico. Supongo que no hay que suponer, yo justo supongo.
- No me hagas un monólogo! No estás en el teatro ahora. La pregunta es: ¿Vos querés realmente vivir una vida emocionante sin sentir miedo ni culpa?
- Sí. Quiero arrojarme al vació desde lo alto, pero con un paracaídas. Quiero caminar sobre la cuerda floja, pero caer sobre una colchoneta. Quiero sentirme libre y solo, pero que haya alguien que me espere en casa. Quiero echarme a andar a toda velocidad en una bici..., pero con rueditas.
- Acostumbrás a ver la vida en términos de todo o nada, pero te quedás en la mitad. Y encima, me seguís haciendo el monólogo.
- Pero yo soy así, es lo que me pasa.
- Pensá bien si vale la pena que sigas viniendo. Te recomiendo que empieces una terapia de grupo. Vas a conocer personas que están en situaciones dolorosas, pero dolorosas en serio. No como en tu caso que es todo producto de tu cosmovisión caprichosa. Después de tu sesión justo tengo un grupo, te recomiendo que pruebes.
- La verdad, me da pudor ir a una terapia de grupo. Desconfío de esas cosas.
- No prejuzgues. Es muy común asistir a este tipo de encuentros. Además, te vas a dar cuenta que escuchando a los demás y ayudando a resolver problemas ajenos, te ayudás y te fortalecés vos.
- Te agradezco, pero no me convence.
- Probá, dura 2 horas y tiene un costo accesible.
- No, en serio, hoy no puedo. Tomá, te pago $100 de la sesión de recién.
- Gracias, ...bien, como te decía, son sólo 20 pesos la sesión, pensalo. Si querés podés abonar ahora y te reservo el cupo para la semana que viene. Hay chicas muy lindas, muy interesantes. Suele pasar que hay parejas que se conocen en una terapia de grupo, se ponen a salir y luego se casan...
- ¿Tenés cambio de 50?
- Supongo que nunca debo tener cambio..., ah!... yo justo hoy tengo.
- Lo único que me hace ruido, es que siento que empezar una terapia de grupo es lo más bajo que alguien puede caer, es como caminar sobre la cuerda floja.
- No te preocupes, hay colchonetas.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
Sesión 32: "Una duda en el haber"
Le comenté a la psicóloga que mi sueño sería poder vivir de lo que me gusta. Poder desarrollar y trabajar de esa actividad que uno siente que lleva, metafóricamente, en la sangre. De esa manera, empecé la sesión diciéndole:
- Lamento mucho... Lamento mucho...
- ¿Qué lamentás mucho? -me preguntó la psicóloga-.
- Lamento mucho no haber nacido con vocación de contador. Sería lo máximo. Nacés con vocación de contador y safás! Es lo mejor del mundo! ¿Entiende lo que digo? -le dije exaltado, con los ojos desorbitados y fuera de mi-.
- No sé a qué te referís.
- Imagínese: tu vocación es algo totalmente alcanzable, rutinario, monótono, solitario, entre números, con una calculadora, solo, tranquilo, haciendo la tuya, sin que nadie te moleste. Admiro a las personas que nacieron con vocación de contador. Las admiro! ¿Por qué no me pasó a mí?
- Bueno, tranquilo. Calmate por favor. Estás muy acelerado y hablás que pareciera que tenés todas las respuestas de la humanidad.
- Las tengo... sólo me falta encontrar las preguntas adecuadas.
- ¿Y tenés miedo de fracasar?
- Sí, le tengo miedo al fracaso.
- Entonces esforzate por triunfar.
- También le tengo miedo al éxito.
- A ver... ¿Qué es lo que querés?
- Es simple, yo sólo quiero vivir de lo que me gusta...
- ¿Y qué te gusta?
- Ese es el problema, en este caso me falta saber qué es.
- Es el problema universal: encontrar y desarrollarse en lo que a uno le gusta.
- Sí, problema que los contadores no tienen. Qué bueno llevar la contaduría en la sangre. Contaduría como pasión. Ir por la calle con una remera que diga: "I Love contaduría". Ir a comer afuera y saber cuánto te va a salir la cena antes de pedir la cuenta. No sé, tantas cosas...
- Bueno, contador sabés que no sos. Entonces, a partir de ahí deberías pensar o fijarte qué es lo que sí querés para vos y no mirar tanto la vereda de enfrente. ¿Qué es lo que buscás vos?
- Yo busco la búsqueda. Soy una búsqueda constante. Nunca estoy seguro de nada, de eso estoy seguro. Dudo todo el tiempo. Dudo de la duda. Creo que la duda da lugar a la posibilidad. Creo que la duda es flexible, es abierta. Pero la certeza puede ser más efectiva para cumplir las metas... La certeza mira hacia adelante, la duda hacia los costados, y... -finalmente me quedé pensativo-.
- ¿Y qué?
- Ser contador sería lo máximo..., creo.
- Bueno, eso ya lo superamos. No lo sos. Volvamos a la búsqueda, volvamos a la duda. No es tan malo dudar. Los filósofos y los grandes pensadores de la historia no eran personas con certezas claras, sino todo lo contrario. Con esto quiero que entiendas que "La duda, es la sal de la inteligencia".
- Entonces no puedo así, me voy a morir.
- ¿Por qué decís una cosa así?
- Porque soy hipertenso.
- Ay... me cansé. La verdad, tenés razón. Yo también lamento no haber sido contadora.
- Lamento mucho... Lamento mucho...
- ¿Qué lamentás mucho? -me preguntó la psicóloga-.
- Lamento mucho no haber nacido con vocación de contador. Sería lo máximo. Nacés con vocación de contador y safás! Es lo mejor del mundo! ¿Entiende lo que digo? -le dije exaltado, con los ojos desorbitados y fuera de mi-.
- No sé a qué te referís.
- Imagínese: tu vocación es algo totalmente alcanzable, rutinario, monótono, solitario, entre números, con una calculadora, solo, tranquilo, haciendo la tuya, sin que nadie te moleste. Admiro a las personas que nacieron con vocación de contador. Las admiro! ¿Por qué no me pasó a mí?
- Bueno, tranquilo. Calmate por favor. Estás muy acelerado y hablás que pareciera que tenés todas las respuestas de la humanidad.
- Las tengo... sólo me falta encontrar las preguntas adecuadas.
- ¿Y tenés miedo de fracasar?
- Sí, le tengo miedo al fracaso.
- Entonces esforzate por triunfar.
- También le tengo miedo al éxito.
- A ver... ¿Qué es lo que querés?
- Es simple, yo sólo quiero vivir de lo que me gusta...
- ¿Y qué te gusta?
- Ese es el problema, en este caso me falta saber qué es.
- Es el problema universal: encontrar y desarrollarse en lo que a uno le gusta.
- Sí, problema que los contadores no tienen. Qué bueno llevar la contaduría en la sangre. Contaduría como pasión. Ir por la calle con una remera que diga: "I Love contaduría". Ir a comer afuera y saber cuánto te va a salir la cena antes de pedir la cuenta. No sé, tantas cosas...
- Bueno, contador sabés que no sos. Entonces, a partir de ahí deberías pensar o fijarte qué es lo que sí querés para vos y no mirar tanto la vereda de enfrente. ¿Qué es lo que buscás vos?
- Yo busco la búsqueda. Soy una búsqueda constante. Nunca estoy seguro de nada, de eso estoy seguro. Dudo todo el tiempo. Dudo de la duda. Creo que la duda da lugar a la posibilidad. Creo que la duda es flexible, es abierta. Pero la certeza puede ser más efectiva para cumplir las metas... La certeza mira hacia adelante, la duda hacia los costados, y... -finalmente me quedé pensativo-.
- ¿Y qué?
- Ser contador sería lo máximo..., creo.
- Bueno, eso ya lo superamos. No lo sos. Volvamos a la búsqueda, volvamos a la duda. No es tan malo dudar. Los filósofos y los grandes pensadores de la historia no eran personas con certezas claras, sino todo lo contrario. Con esto quiero que entiendas que "La duda, es la sal de la inteligencia".
- Entonces no puedo así, me voy a morir.
- ¿Por qué decís una cosa así?
- Porque soy hipertenso.
- Ay... me cansé. La verdad, tenés razón. Yo también lamento no haber sido contadora.
Sesión 31: "Una errónea percepción"
"Cada vez que veo a una persona cualquiera con una desgracia, siento que esa persona va a pensar que es mi culpa", le dije, y en torno a esa premisa se desarrolló la consulta.
- ¿Y vos qué tenés que ver con esa persona que padece una desgracia?
- Nada.
- ¿Y por qué esa persona va a pensar que es tu culpa?
- No sé... Tal vez por que a mí no me pasa. Por momentos creo que es culpa mía por el sólo hecho de haber nacido.
De repente, el aire acondicionado que estaba funcionando dentro del consultorio se detuvo con un extraño ruido, similar al de un animal herido. La psicóloga me miró fijo y yo, como atajándome de la situación, solo atiné a decir:
- Tal vez, una fase haya entrado en corto, es muy común en estas épocas de calor... la infraestructura de la red eléctrica suele no dar abasto...
- Esto nunca sucedió -me dijo-. Tal vez sea tu cul... tu hipótesis, claro. De todas formas, creo que es importante que te desligues de sentir responsabilidades en cosas que te son ajenas. Insisto, creo que tenés que quererte un poco más.
- No puedo, cuando me halagan me siento incómodo, no lo puedo sostener, no sé qué decir, me siento en deuda con esa persona y me da más culpa. Y si encima la persona que me halaga tiene una desgracia, ahí me siento doblemente culpable, directamente me quiero morir.
- Es extraño lo que te pasa.
- ¿Qué de todo?
- Que alguien te halague. Quiero decir, ¿Vos tenés alguna noción de la realidad? -dijo como corrigiéndose-.
- A veces siento que tengo una percepción errónea de la realidad, que suelo percibir las cosas para mal. Al punto que no sé si las cosas malas que me suceden son un decreto de mi mente o si en cambio soy poseedor de un sexto sentido que vislumbra de manera objetiva y pasiva un futuro que luego se concreta.
Quedé perplejo por mi espontánea declaración. Luego, permanecimos unos segundos en silencio, hasta que exclamé como un suspiro.
- Ya me siento aliviado. Toda esta reflexión me ayudó a alejar mis percepciones pesimistas y mi visión negativa de la realidad. Hasta hoy estuve únicamente percibiendo todo para mal y ahora sé que estaba equivocado.
- Claro... No era percepción errónea, sino, la cruda realidad.
- No entiendo, ud. me está diciendo que mi realidad es lamentable...
- Quedate tranquilo, no es tu culpa.
- ¿Y vos qué tenés que ver con esa persona que padece una desgracia?
- Nada.
- ¿Y por qué esa persona va a pensar que es tu culpa?
- No sé... Tal vez por que a mí no me pasa. Por momentos creo que es culpa mía por el sólo hecho de haber nacido.
De repente, el aire acondicionado que estaba funcionando dentro del consultorio se detuvo con un extraño ruido, similar al de un animal herido. La psicóloga me miró fijo y yo, como atajándome de la situación, solo atiné a decir:
- Tal vez, una fase haya entrado en corto, es muy común en estas épocas de calor... la infraestructura de la red eléctrica suele no dar abasto...
- Esto nunca sucedió -me dijo-. Tal vez sea tu cul... tu hipótesis, claro. De todas formas, creo que es importante que te desligues de sentir responsabilidades en cosas que te son ajenas. Insisto, creo que tenés que quererte un poco más.
- No puedo, cuando me halagan me siento incómodo, no lo puedo sostener, no sé qué decir, me siento en deuda con esa persona y me da más culpa. Y si encima la persona que me halaga tiene una desgracia, ahí me siento doblemente culpable, directamente me quiero morir.
- Es extraño lo que te pasa.
- ¿Qué de todo?
- Que alguien te halague. Quiero decir, ¿Vos tenés alguna noción de la realidad? -dijo como corrigiéndose-.
- A veces siento que tengo una percepción errónea de la realidad, que suelo percibir las cosas para mal. Al punto que no sé si las cosas malas que me suceden son un decreto de mi mente o si en cambio soy poseedor de un sexto sentido que vislumbra de manera objetiva y pasiva un futuro que luego se concreta.
Quedé perplejo por mi espontánea declaración. Luego, permanecimos unos segundos en silencio, hasta que exclamé como un suspiro.
- Ya me siento aliviado. Toda esta reflexión me ayudó a alejar mis percepciones pesimistas y mi visión negativa de la realidad. Hasta hoy estuve únicamente percibiendo todo para mal y ahora sé que estaba equivocado.
- Claro... No era percepción errónea, sino, la cruda realidad.
- No entiendo, ud. me está diciendo que mi realidad es lamentable...
- Quedate tranquilo, no es tu culpa.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Sesión 30: "La consulta gestáltica IV"
Luego de varios días sin ver a mi terapeuta gestáltico -ese sujeto que siempre simplifica absolutamente todo-, acudí a su encuentro con varios asuntos que había acumulado en mi mente para decirle; asuntos que, como consecuencia de mi mala memoria, los había olvidado.
- Yo quiero decirle algo.
- Es simple, decilo -me contestó el terapeuta-.
- Todo este tiempo sin venir acá, junté un montón de cuestiones para hablar y ahora que me encuentro frente suyo no recuerdo nada lo que tenía pensado decirle. No tengo memoria a corto plazo, creo que me pasa desde que ví la película Memento. Me acuerdo de detalles intrascendentes, recónditos, pero no del centro de las cosas importantes.
- Buscá el lado positivo. Te sirve para ver la misma película o leer el mismo libro varias veces. También para que todo parezca una primera vez.
- Me estoy acordando de algo, que quizás no venga al caso. Antes de venir acá, vi una noticia en TN Ecología que me preocupó un poco. Decía que como consecuencia del derretimiento de los glaciares, en 20 años el 40 % de la población mundial podría morir bajo el agua.
- Bueno, tené en cuenta que te están avisando con 20 años de anticipación. Hay otras opciones. Podés ir comprando una lancha en cómodas cuotas e ir viendo la posibilidad de emigrar a un país con cierta elevación sobre el nivel del mar.
- Ah..., quizás parezca totalmente descolocado, pero me estoy acordando que también le quería decir que cuando hablo por teléfono y la llamada se corta, yo no sé si llamar o esperar a que esa persona me llame nuevamente.
- Llamá vos...
- Pero si decido llamar yo, quizás esa persona se esté tratando de comunicar conmigo y entonces me va a atender el contestador y pierdo una llamada.
- Entonces esperá a que te llame.
- Pero quizás la otra persona esté esperando a que yo la llame, y ahí pueden pasar días, meses y hasta años sin volver a hablar.
- De todos modos, como consecuencia de tu mala memoria a corto plazo, te olvidarías de que esa persona te llamó y se cortó, y al no acordarte de nada, no tendrías motivos para preocuparte.
- ¿Y si no me olvido?
- Bueno, en 20 años morirías bajo el agua y ya está. No tuvo importancia el hecho. ¿Qué más me querías decir?
- Me pone nervioso que haya tantos canales en la televisión. No sé cuál elegir. Cualquier cosa que mire, yo siento que me estoy perdiendo de algo mejor en otro canal, por lo que finalmente me quedo haciendo zapping sin plantarme en ningún programa.
- ¿Y una vez que terminás el zapping?
- Lo vuelvo a hacer, y termino agotado, son demasiados canales. Al final, acabo siempre a TN para mantenerme al tanto de lo que está pasando con la temperatura. Siempre quiero que llegue al record de calor, porque me gusta el quilombo.
- Pero no te olvides que de ese modo se van a derretir más rápido los glaciares y podés morir ahogado.
- Y bueno, por un lado mejor, así no me preocupo por esa llamada que se cortó y me ahorro toda esa mala sangre de no saber quién tiene que llamar a quien.
- Bueno, ¿algo más que te acuerdes?
- No.
- Te estás olvidando de algo.
- ¿De qué?
- Me debés 6 pesos de la última sesión.
- Yo quiero decirle algo.
- Es simple, decilo -me contestó el terapeuta-.
- Todo este tiempo sin venir acá, junté un montón de cuestiones para hablar y ahora que me encuentro frente suyo no recuerdo nada lo que tenía pensado decirle. No tengo memoria a corto plazo, creo que me pasa desde que ví la película Memento. Me acuerdo de detalles intrascendentes, recónditos, pero no del centro de las cosas importantes.
- Buscá el lado positivo. Te sirve para ver la misma película o leer el mismo libro varias veces. También para que todo parezca una primera vez.
- Me estoy acordando de algo, que quizás no venga al caso. Antes de venir acá, vi una noticia en TN Ecología que me preocupó un poco. Decía que como consecuencia del derretimiento de los glaciares, en 20 años el 40 % de la población mundial podría morir bajo el agua.
- Bueno, tené en cuenta que te están avisando con 20 años de anticipación. Hay otras opciones. Podés ir comprando una lancha en cómodas cuotas e ir viendo la posibilidad de emigrar a un país con cierta elevación sobre el nivel del mar.
- Ah..., quizás parezca totalmente descolocado, pero me estoy acordando que también le quería decir que cuando hablo por teléfono y la llamada se corta, yo no sé si llamar o esperar a que esa persona me llame nuevamente.
- Llamá vos...
- Pero si decido llamar yo, quizás esa persona se esté tratando de comunicar conmigo y entonces me va a atender el contestador y pierdo una llamada.
- Entonces esperá a que te llame.
- Pero quizás la otra persona esté esperando a que yo la llame, y ahí pueden pasar días, meses y hasta años sin volver a hablar.
- De todos modos, como consecuencia de tu mala memoria a corto plazo, te olvidarías de que esa persona te llamó y se cortó, y al no acordarte de nada, no tendrías motivos para preocuparte.
- ¿Y si no me olvido?
- Bueno, en 20 años morirías bajo el agua y ya está. No tuvo importancia el hecho. ¿Qué más me querías decir?
- Me pone nervioso que haya tantos canales en la televisión. No sé cuál elegir. Cualquier cosa que mire, yo siento que me estoy perdiendo de algo mejor en otro canal, por lo que finalmente me quedo haciendo zapping sin plantarme en ningún programa.
- ¿Y una vez que terminás el zapping?
- Lo vuelvo a hacer, y termino agotado, son demasiados canales. Al final, acabo siempre a TN para mantenerme al tanto de lo que está pasando con la temperatura. Siempre quiero que llegue al record de calor, porque me gusta el quilombo.
- Pero no te olvides que de ese modo se van a derretir más rápido los glaciares y podés morir ahogado.
- Y bueno, por un lado mejor, así no me preocupo por esa llamada que se cortó y me ahorro toda esa mala sangre de no saber quién tiene que llamar a quien.
- Bueno, ¿algo más que te acuerdes?
- No.
- Te estás olvidando de algo.
- ¿De qué?
- Me debés 6 pesos de la última sesión.
lunes, 24 de noviembre de 2008
Sesión 29: "Panóptico 5 estrellas"
La sesión siguiente a mi regreso del viaje, quise dedicarla a contarle sobre el hotel donde me hospedaron y sobre el nuevo trauma que descubrí al respecto. No pude evitar sentirme observado en cada instante. Llegué a un punto de desesperación en el que me sentía un fugitivo tratando de huir de esas miradas anónimas que me pesaban en la nuca.
Al empezar la sesión, tuve el presentimiento de que ella me iba a entender y ayudar, e incluso su comprensión fue mayor a la esperada.
- Contame de tu viaje...
- El hotel era 5 estrellas, de esos con señores de galera en la entrada que te abren la puerta del auto. Habitaciones amplias, con aire acondicionado central, televisor de plasma, jacuzzi y ducha escocesa incorporada en el baño, spa, sauna, gimnasio, business center y había salmón en el desayuno.
- Entonces, ¿bien?
- La verdad que yo no pido más que eso, me sé conformar.
- Entonces ningún problema. ¿Lo dejamos acá?
- ¿Cómo lo dejamos acá? Claro que hubo problemas, fue una experiencia terrible, no paré de sentirme observado. En el hotel cámaras por todas partes. Al salir de la habitación, en los pasillos, cada cinco pasos, en cualquier rincón una cámara, me sentía sospechoso de estar saliendo en vivo por esos monitores en blanco y negro de los servicios de seguridad internos, tenía miedo de que me llevaran detenido.
- Claro, no es fácil. Te hubieras quedado en la habitación.
- Lo intenté, pero fue peor. Siempre que voy a un hotel siento que en la habitación me están filmando. De hecho, me fijo si en el techo hay alguna cámara escondida y desconfío profundamente de los detectores de humo, ya que para mí, en realidad, además de detectar el humo, filman, ya que no les cuesta nada tener 2 funciones.
- Pero vos sos muy ingenuo.
- Es lo que siento, no lo puedo evitar. Siento que me están filmando desnudo o en situaciones muy íntimas.
- Por eso te digo, sos muy ingenuo.
- Ya lo sé, ¿Pero qué quiere que haga?
- Que no seas ingenuo! Que estés siempre vestido... te bañes en malla, al cambiarte cubrite con una toalla y tené mucho cuidado, ni se te ocurra llevártela.
Al empezar la sesión, tuve el presentimiento de que ella me iba a entender y ayudar, e incluso su comprensión fue mayor a la esperada.
- Contame de tu viaje...
- El hotel era 5 estrellas, de esos con señores de galera en la entrada que te abren la puerta del auto. Habitaciones amplias, con aire acondicionado central, televisor de plasma, jacuzzi y ducha escocesa incorporada en el baño, spa, sauna, gimnasio, business center y había salmón en el desayuno.
- Entonces, ¿bien?
- La verdad que yo no pido más que eso, me sé conformar.
- Entonces ningún problema. ¿Lo dejamos acá?
- ¿Cómo lo dejamos acá? Claro que hubo problemas, fue una experiencia terrible, no paré de sentirme observado. En el hotel cámaras por todas partes. Al salir de la habitación, en los pasillos, cada cinco pasos, en cualquier rincón una cámara, me sentía sospechoso de estar saliendo en vivo por esos monitores en blanco y negro de los servicios de seguridad internos, tenía miedo de que me llevaran detenido.
- Claro, no es fácil. Te hubieras quedado en la habitación.
- Lo intenté, pero fue peor. Siempre que voy a un hotel siento que en la habitación me están filmando. De hecho, me fijo si en el techo hay alguna cámara escondida y desconfío profundamente de los detectores de humo, ya que para mí, en realidad, además de detectar el humo, filman, ya que no les cuesta nada tener 2 funciones.
- Pero vos sos muy ingenuo.
- Es lo que siento, no lo puedo evitar. Siento que me están filmando desnudo o en situaciones muy íntimas.
- Por eso te digo, sos muy ingenuo.
- Ya lo sé, ¿Pero qué quiere que haga?
- Que no seas ingenuo! Que estés siempre vestido... te bañes en malla, al cambiarte cubrite con una toalla y tené mucho cuidado, ni se te ocurra llevártela.
sábado, 22 de noviembre de 2008
Sesión 28: "Sólo se trata de vivir"
La sesión 28 fue la última antes de irme a actuar a la ciudad de Rosario y también fue mi gran oportunidad para no avisarle sobre mi fecha de regreso, y de este modo, darle fin a la continuidad de esta terapia. Oportunidad que, de por cierto, dejé pasar, ante la imprevisibilidad en el desarrollo de los hechos.
- Mañana me voy a Rosario -le dije-.
- ¿A vivir? -me preguntó sorpresivamente-.
- No! ¿Cómo a vivir? ¿De qué me está hablando? Solamente me voy a actuar.
En ese momento comprendí que me había equivocado. Ella me había dejado todo servido para que yo simplemente respondiera que sí, que me iba a vivir y que no iba a regresar nunca más. Pero fue tanta la sorpresa y hasta la bronca por el desapego de su comentario, que mi defensa automática, mi acto reflejo, fue aclararle mi verdadero propósito del viaje y dejar pasar así, mi gran oportunidad.
- Bueno, pero también vas a vivir -me replicó-.
- No. Voy y vuelvo -le contesté descolocado, como quien no quiere perder, dejando pasar una segunda oportunidad-.
- Bueno - continuó ella-, pero vas a vivir allá, vas a estar vivo. ¿O tenés pensado ir sin vivir, ir fallecido? Eso es lo que te pasa, te olvidás que vivís y te olvidás de vivir. Lo das tan por sentado que no te das cuenta.
No supe qué decir, su juego de palabras me había hecho dudar de mi viaje, de mi nombre y hasta del planeta en el que habito. Luego me preguntó:
- ¿Te quedás allá por varios meses?
Yo no entendía qué estaba sucediendo, ella insistía con que yo me iba a ir por un largo periodo de tiempo. Sé que era otra nueva oportunidad, pero había algo que era más fuerte que yo: me estaba sintiendo rechazado y no le iba a dar el gusto.
- No! -le dije tajantemente-. Vuelvo pasado mañana, ¿Ok? Y es más, a mi regreso tengo pensado verla más seguido.
- No creo que sea posible, ya no tengo vida -me dijo en tono de lamento y en sintonía con lo que expresaban sus ojos vidriosos-.
- ¿Y por qué no se va a vivir a otra ciudad?
- Dejame ver mi agenda, tal vez te acompañe.
- Mañana me voy a Rosario -le dije-.
- ¿A vivir? -me preguntó sorpresivamente-.
- No! ¿Cómo a vivir? ¿De qué me está hablando? Solamente me voy a actuar.
En ese momento comprendí que me había equivocado. Ella me había dejado todo servido para que yo simplemente respondiera que sí, que me iba a vivir y que no iba a regresar nunca más. Pero fue tanta la sorpresa y hasta la bronca por el desapego de su comentario, que mi defensa automática, mi acto reflejo, fue aclararle mi verdadero propósito del viaje y dejar pasar así, mi gran oportunidad.
- Bueno, pero también vas a vivir -me replicó-.
- No. Voy y vuelvo -le contesté descolocado, como quien no quiere perder, dejando pasar una segunda oportunidad-.
- Bueno - continuó ella-, pero vas a vivir allá, vas a estar vivo. ¿O tenés pensado ir sin vivir, ir fallecido? Eso es lo que te pasa, te olvidás que vivís y te olvidás de vivir. Lo das tan por sentado que no te das cuenta.
No supe qué decir, su juego de palabras me había hecho dudar de mi viaje, de mi nombre y hasta del planeta en el que habito. Luego me preguntó:
- ¿Te quedás allá por varios meses?
Yo no entendía qué estaba sucediendo, ella insistía con que yo me iba a ir por un largo periodo de tiempo. Sé que era otra nueva oportunidad, pero había algo que era más fuerte que yo: me estaba sintiendo rechazado y no le iba a dar el gusto.
- No! -le dije tajantemente-. Vuelvo pasado mañana, ¿Ok? Y es más, a mi regreso tengo pensado verla más seguido.
- No creo que sea posible, ya no tengo vida -me dijo en tono de lamento y en sintonía con lo que expresaban sus ojos vidriosos-.
- ¿Y por qué no se va a vivir a otra ciudad?
- Dejame ver mi agenda, tal vez te acompañe.
jueves, 6 de noviembre de 2008
Sesión 27: "La consulta gestáltica III"
La casa donde me atiende el terapeuta gestáltico es muy grande, tiene dos pisos, un altillo y varias habitaciones. En todos los ambientes se huele sahumerio, y en los pasillos una mezcla de éstos. Hoy me tocó pasar al altillo, porque la sala principal estaba ocupada por un grupo de mujeres treintañeras haciendo yoga o "ioga", como dice él.
"Vos subí al altillo que yo ya voy", me dijo. No me gustó nada la idea del altillo. A decir verdad, soy un poco fóbico y paranoico, y este ambiente de las terapias me hace desconfiar mucho de la idoneidad de quienes las llevan a cabo. Sin embargo, al subir y ver las fotos que tenía con su mujer y sus hijos me tranqulicé.
- Hoy quiero dejar de lado un poco la relación que tenés con tu psicóloga y que trabajemos en resolver cuestiones puntuales que tienen que ver con tu manera de hacer, ser y estar. Cerrá los ojos.
Yo hice trampa y no los llegué a cerrar del todo, como dejándolos entre abiertos. Luego puso una música media oriental, me pidió que respirara hondo y me preguntó:
- ¿Cómo te sentís?
- Creo que estoy enfermo de manera crónica.
- No podés pensar todos los días que estás enfermo.
- Es que si no pienso eso me olvido de tomar la medicación. Yo tengo un problema y es que del oído izquierdo escucho la mitad.
- Tapate el oído derecho. ¿Cuántos decibeles menos escuchás? ¿veinte?
- ¿Dijiste diez?
- Sí, es cierto, escuchás la mitad.
- Y yo odio ir al otorrino, porque siempre que voy me pide que me haga una audiometría. Se la entrego, la observa y luego me dice que del oído izquierdo escucho menos. Yo ya lo sé, por eso fui. Quiero una solución al respecto, no que me repitan cada vez que voy lo que ya sé que tengo.
- ¿Te molesta escuchar menos de un oído?
- Sí.
- Bueno, la solución es que no te moleste. Tema superado, seguimos. ¿Qué otro tema puntual a resolver tenés?
- Creo que soy un poco paranoico. La crisis económica no me está afectando tanto, y como me está yendo bien en el trabajo, la otra vez decidí ir al shopping a comprar un par de zapatillas. Apenas entré al negocio se cortó la luz y yo sentí que todos pensaban que fue mi culpa.
- Ah, ¿sos paranoico? Bueno, no seas más paranoico. ¿Qué otro problema tenés?
- No sé, me siento mal.
- Sentite bien.
- Y sobre todas las cosas, como ya le planteé en el primer encuentro, quiero cambiar.
- ...Y cambiá!
Sentí que la charla fue un poco superficial. Eso fue todo y así es un encuentro con el terapeuta gestáltico, y lo increíble es que, paradójicamente, logré sentirme mucho mejor, todo me llegó a parecer más fácil.
Al finalizar el encuentro me dijo:
- Debido al aumento de costos que se está padeciendo en la canasta familiar y en los servicios públicos, me veo obligado a subirte la consulta de $90 a $100.
- Pero yo tengo entendido, que los costos están congelados por la crisis.
- Entonces es simple. Tomalo como que el incremento se debe a que nunca tengo diez pesos de vuelto para darte y se pierde mucho tiempo con el tema de buscar cambio, como ocurrió la semana pasada. Por lo que te paso a cobrar $1oo porque es un número redondo. Yo ya te lo enseñé, es parte de mi terapia: siempre hay que simplificar las cosas.
- Justo traje cambio hoy, $90 exactos. la semana que viene te traigo $110.
- ¿No llegás a $100?
- No, me quedan 4 pesos nada más.
- Bueno, no importa, no te hagas ningún tipo de problema. Hasta la semana que viene. Ah, y traé $106.
"Vos subí al altillo que yo ya voy", me dijo. No me gustó nada la idea del altillo. A decir verdad, soy un poco fóbico y paranoico, y este ambiente de las terapias me hace desconfiar mucho de la idoneidad de quienes las llevan a cabo. Sin embargo, al subir y ver las fotos que tenía con su mujer y sus hijos me tranqulicé.
- Hoy quiero dejar de lado un poco la relación que tenés con tu psicóloga y que trabajemos en resolver cuestiones puntuales que tienen que ver con tu manera de hacer, ser y estar. Cerrá los ojos.
Yo hice trampa y no los llegué a cerrar del todo, como dejándolos entre abiertos. Luego puso una música media oriental, me pidió que respirara hondo y me preguntó:
- ¿Cómo te sentís?
- Creo que estoy enfermo de manera crónica.
- No podés pensar todos los días que estás enfermo.
- Es que si no pienso eso me olvido de tomar la medicación. Yo tengo un problema y es que del oído izquierdo escucho la mitad.
- Tapate el oído derecho. ¿Cuántos decibeles menos escuchás? ¿veinte?
- ¿Dijiste diez?
- Sí, es cierto, escuchás la mitad.
- Y yo odio ir al otorrino, porque siempre que voy me pide que me haga una audiometría. Se la entrego, la observa y luego me dice que del oído izquierdo escucho menos. Yo ya lo sé, por eso fui. Quiero una solución al respecto, no que me repitan cada vez que voy lo que ya sé que tengo.
- ¿Te molesta escuchar menos de un oído?
- Sí.
- Bueno, la solución es que no te moleste. Tema superado, seguimos. ¿Qué otro tema puntual a resolver tenés?
- Creo que soy un poco paranoico. La crisis económica no me está afectando tanto, y como me está yendo bien en el trabajo, la otra vez decidí ir al shopping a comprar un par de zapatillas. Apenas entré al negocio se cortó la luz y yo sentí que todos pensaban que fue mi culpa.
- Ah, ¿sos paranoico? Bueno, no seas más paranoico. ¿Qué otro problema tenés?
- No sé, me siento mal.
- Sentite bien.
- Y sobre todas las cosas, como ya le planteé en el primer encuentro, quiero cambiar.
- ...Y cambiá!
Sentí que la charla fue un poco superficial. Eso fue todo y así es un encuentro con el terapeuta gestáltico, y lo increíble es que, paradójicamente, logré sentirme mucho mejor, todo me llegó a parecer más fácil.
Al finalizar el encuentro me dijo:
- Debido al aumento de costos que se está padeciendo en la canasta familiar y en los servicios públicos, me veo obligado a subirte la consulta de $90 a $100.
- Pero yo tengo entendido, que los costos están congelados por la crisis.
- Entonces es simple. Tomalo como que el incremento se debe a que nunca tengo diez pesos de vuelto para darte y se pierde mucho tiempo con el tema de buscar cambio, como ocurrió la semana pasada. Por lo que te paso a cobrar $1oo porque es un número redondo. Yo ya te lo enseñé, es parte de mi terapia: siempre hay que simplificar las cosas.
- Justo traje cambio hoy, $90 exactos. la semana que viene te traigo $110.
- ¿No llegás a $100?
- No, me quedan 4 pesos nada más.
- Bueno, no importa, no te hagas ningún tipo de problema. Hasta la semana que viene. Ah, y traé $106.
martes, 4 de noviembre de 2008
Sesión 26: "El placard abierto"
Me levanté con el pie izquierdo y fue una odisea llegar a la sesión. Me había quedado dormido por no haber descansado bien durante la noche y en las tres cuadras que caminé, troté y corrí para llegar a tiempo al consultorio me pasaron varias cosas.
Pasé por debajo de una escalera de una obra en construcción y después un gato negro asustado se me cruzó por enfrente. Por fortuna vi a una novia que entraba a un registro civil y me pregunté: ¿Novia mata escalera? ¿Y con el gato negro qué hago? Luego, por suerte pisé excremento canino.
Me limpié a orillas de la vereda con el agüita que corría rumbo a la alcantarilla y finalmente subí al segundo piso donde queda el consultorio.
- ¿Cómo estamos hoy? -me preguntó-.
- Yo bien, ud. no sé. -Le dije en tono jocoso-.
- ¿Estás bien o maso? ¿maso?
- No, estoy bien. Estoy perfecto. Bueno, creía que estaba bien, pero ahora que me lo pregunta de esta forma me hace dudar. Quizás tenga razón, puede ser que esté mal, sí, hecho mierda.
- ¿Qué anda pasando?
- No, nada. En realidad, pensándolo bien, no tengo motivos para estar mal.
- Bueno, motivos te sobran.
- No sé, ahora que me lo dice, me hace dudar. Puede ser, sí.
- De todos modos, me imagino que no siempre estuviste así, tan mal. Quiero decir, no siempre tuviste tantos problemas.
- No, claro que no. Yo en un momento no tenía ningún tipo de problema, ni uno solo.
- ¿Te acordás cuando fue?
- Sí, tenía 4 años.
- ¿Y ahora qué es lo que te pasa?
- No, nada. En realidad dormí mal. Creo que tengo ciertas obsesiones. Por ejemplo, no me puedo dormir si tengo el placard abierto porque siento que es de mala suerte y que algo terrible puede suceder.
- Que el placard esté abierto o cerrado no es ni buena ni mala suerte. No es nada. Ahora bien, si vos pensás que es mala suerte, probablemente sea mala suerte porque vas a estar sugestionado y lo vas a provocar con tus pensamientos. A ver Andrés si entendés esto: Las cosas por si solas no son ni buenas ni malas, uno las hace buenas o malas. El problema no es que el placard esté abierto, sino qué hacés vos con eso, cómo te afecta. En la vida las cosas no son ni fáciles ni difíciles, uno elige cómo hacerlas.
- Pero el hecho fáctico es que dormí mal. Y sí, el placard abierto no me dejaba tranquilo, me perturbaba. Tampoco me quise levantar para cerrarlo, para no despabilarme. Y finalmente me quedé entre dormido pensando que algo terrible iba a pasar y soñé toda la noche con el placard. Lo soñé en diferentes tipos de madera, pero el mío es de durlock, y con personas que entraban y salían de ahí. Finalmente mi abuela se quedó atascada con una percha y ahí me desperté para ayudarla y entonces lo cerré.
De repente la psicóloga se levantó enérgicamente, como poseída por una fuerza superior. Tomó de los vértices inferiores un cuadro con el retrato de Freud que estaba colgado en la pared y aparentemente lo enderezó. Sorprendido por su accionar, le pregunté:
- ¿Qué hace licenciada?
- No nada, ya está -me dijo como quien disminuye la cosa-.
- Hace un rato me dijo que las cosas no son ni buenas ni malas y ahora usted endereza el cuadro porque se suele decir que un cuadro torcido produce mala suerte.
- Claro, el cuadro torcido no es ni bueno ni malo. Pero justo me acordé que en la sección "sorpresa" de mi horóscopo del domingo decía: "Mantenga su casa en orden y algo bueno le va a suceder".
- ¿De qué signo es licenciada?
- De Escorpio.
- Yo también...
- Bueno, por hoy lo dejamos acá. Estate tranquilo... No te preocupes por el placard, y te recomiendo que ordenes ya tu casa.
- Por las dudas lo voy a hacer.
- Claro, siempre hay que abrir el paraguas antes de que llueva.
- ¿Pero no es de mala suerte eso?
Pasé por debajo de una escalera de una obra en construcción y después un gato negro asustado se me cruzó por enfrente. Por fortuna vi a una novia que entraba a un registro civil y me pregunté: ¿Novia mata escalera? ¿Y con el gato negro qué hago? Luego, por suerte pisé excremento canino.
Me limpié a orillas de la vereda con el agüita que corría rumbo a la alcantarilla y finalmente subí al segundo piso donde queda el consultorio.
- ¿Cómo estamos hoy? -me preguntó-.
- Yo bien, ud. no sé. -Le dije en tono jocoso-.
- ¿Estás bien o maso? ¿maso?
- No, estoy bien. Estoy perfecto. Bueno, creía que estaba bien, pero ahora que me lo pregunta de esta forma me hace dudar. Quizás tenga razón, puede ser que esté mal, sí, hecho mierda.
- ¿Qué anda pasando?
- No, nada. En realidad, pensándolo bien, no tengo motivos para estar mal.
- Bueno, motivos te sobran.
- No sé, ahora que me lo dice, me hace dudar. Puede ser, sí.
- De todos modos, me imagino que no siempre estuviste así, tan mal. Quiero decir, no siempre tuviste tantos problemas.
- No, claro que no. Yo en un momento no tenía ningún tipo de problema, ni uno solo.
- ¿Te acordás cuando fue?
- Sí, tenía 4 años.
- ¿Y ahora qué es lo que te pasa?
- No, nada. En realidad dormí mal. Creo que tengo ciertas obsesiones. Por ejemplo, no me puedo dormir si tengo el placard abierto porque siento que es de mala suerte y que algo terrible puede suceder.
- Que el placard esté abierto o cerrado no es ni buena ni mala suerte. No es nada. Ahora bien, si vos pensás que es mala suerte, probablemente sea mala suerte porque vas a estar sugestionado y lo vas a provocar con tus pensamientos. A ver Andrés si entendés esto: Las cosas por si solas no son ni buenas ni malas, uno las hace buenas o malas. El problema no es que el placard esté abierto, sino qué hacés vos con eso, cómo te afecta. En la vida las cosas no son ni fáciles ni difíciles, uno elige cómo hacerlas.
- Pero el hecho fáctico es que dormí mal. Y sí, el placard abierto no me dejaba tranquilo, me perturbaba. Tampoco me quise levantar para cerrarlo, para no despabilarme. Y finalmente me quedé entre dormido pensando que algo terrible iba a pasar y soñé toda la noche con el placard. Lo soñé en diferentes tipos de madera, pero el mío es de durlock, y con personas que entraban y salían de ahí. Finalmente mi abuela se quedó atascada con una percha y ahí me desperté para ayudarla y entonces lo cerré.
De repente la psicóloga se levantó enérgicamente, como poseída por una fuerza superior. Tomó de los vértices inferiores un cuadro con el retrato de Freud que estaba colgado en la pared y aparentemente lo enderezó. Sorprendido por su accionar, le pregunté:
- ¿Qué hace licenciada?
- No nada, ya está -me dijo como quien disminuye la cosa-.
- Hace un rato me dijo que las cosas no son ni buenas ni malas y ahora usted endereza el cuadro porque se suele decir que un cuadro torcido produce mala suerte.
- Claro, el cuadro torcido no es ni bueno ni malo. Pero justo me acordé que en la sección "sorpresa" de mi horóscopo del domingo decía: "Mantenga su casa en orden y algo bueno le va a suceder".
- ¿De qué signo es licenciada?
- De Escorpio.
- Yo también...
- Bueno, por hoy lo dejamos acá. Estate tranquilo... No te preocupes por el placard, y te recomiendo que ordenes ya tu casa.
- Por las dudas lo voy a hacer.
- Claro, siempre hay que abrir el paraguas antes de que llueva.
- ¿Pero no es de mala suerte eso?
viernes, 31 de octubre de 2008
Sesión 25: "El Test de Rorschach"
Toqué timbre, la psicóloga me abrió la puerta y me invitó a pasar al consultorio. Una vez sentados frente a frente, me dijo:
- Te noto bien. Apenas abrí la puerta ya te vi distinto, como con otra actitud corporal, transmitiendo mayor seguridad. ¿Puede ser?
- No, no creo, estoy igual que siempre me parece -le dije, para evitar sospechas sobre mi tratamiento paralelo-.
- Te está haciendo muy bien esta terapia. Estás realmente mejor, más seguro, con otra mirada. Me alegra saber que estamos haciendo un buen trabajo, juntos claro.
- No sé. Quizás sea porque me llamaron de una gran empresa. Hoy a la tarde voy a tener la entrevista de trabajo. Quiero quedar, pero al mismo tiempo me da bronca que justo me llamen ahora que me había acostumbrado a mi rutina y a tener tiempos flexibles, tan requeridos por mí.
- Los cambios son desafíos que hay que afrontar para progresar. Y es parte de la ley de la vida que siempre surgen las cosas buenas cuando uno está en un buen momento. ¿Te gustan las entrevistas de trabajo? ¿Ya tuviste alguna?
- Sí, tuve. Y las odio. Son siempre iguales. A lo último te pueden llegar a decir dos cosas: "Bueno, vas a formar parte de nuestra base de datos", o en su defecto, "Cualquier cosa te llamamos".
- Bueno, vamos por partes. ¿Qué problema tenés en pasar a formar parte de una base de datos?
- Que no me gusta reducirme a un mero dato en un archivo. El ser humano es algo demasiado complejo para eso. Me niego a ser un dato! Estoy compuesto de células, infinitos procesos biológicos, órganos, cerebro, cinco sentidos, un corazón que late para transportar sangre a cada rincón de mi cuerpo y proveer de oxígeno y energía para mi metabolismo, reproducción y existencia a través de la combus...
- Bueno! -me interrumpió debido a mi exacerbación desenfrenada-. ¿Quién no forma parte de una base de datos? Así como alguna vez tuviste compañeros de primaria o secundaria, tenés compañeros de "base", ya que muchos de nosotros debemos estar en las mismas bases de datos sin saberlo. Y por otro lado, ¿Qué problema tenés con que te digan que cualquier cosa te llaman?
- Es que no se entiende a qué se refieren, no son directos. ¿En caso de qué me llaman? ¿Si sube la bolsa? ¿Si cae la bolsa? ¿Qué significa "cualquier cosa me llaman"? No lo entiendo, si esta persona que elige al personal pisa un chicle por la calle, ¿me llama? digo, porque eso también sería cualquier cosa. No sé, para mí, cualquier cosa es que un elefante suba una escalera mecánica en un shopping.
- ¿Sabés en qué consiste la entrevista? Yo tengo experiencia en psicodiagnósticos y te puedo ayudar. Tirarte unos "tips" -me dijo con aire canchero mientras me guiñaba el ojo-.
- Sí, me dijo un conocido que fue, que me van a pedir que haga el Rorschach*. (*El Rorschach es un test proyectivo para evaluar la personalidad, basado en la libre interpretación de una serie de imágenes abstractas que se caracterizan por su ambigüedad y falta de estructuración).
- Ah, Es simple! Lleva masa de hojaldre, dulce de leche, hojaldre, dulce de leche, hojaldre, dulce de leche y merengue arriba.
- No, eso es "Rogel" y es una torta. A mí me van a pedir que haga el "Rorschach".
- Ah sí, claro disculpá. De todos modos es más fácil, el Royal es instantáneo..., un postrecito.
- Te noto bien. Apenas abrí la puerta ya te vi distinto, como con otra actitud corporal, transmitiendo mayor seguridad. ¿Puede ser?
- No, no creo, estoy igual que siempre me parece -le dije, para evitar sospechas sobre mi tratamiento paralelo-.
- Te está haciendo muy bien esta terapia. Estás realmente mejor, más seguro, con otra mirada. Me alegra saber que estamos haciendo un buen trabajo, juntos claro.
- No sé. Quizás sea porque me llamaron de una gran empresa. Hoy a la tarde voy a tener la entrevista de trabajo. Quiero quedar, pero al mismo tiempo me da bronca que justo me llamen ahora que me había acostumbrado a mi rutina y a tener tiempos flexibles, tan requeridos por mí.
- Los cambios son desafíos que hay que afrontar para progresar. Y es parte de la ley de la vida que siempre surgen las cosas buenas cuando uno está en un buen momento. ¿Te gustan las entrevistas de trabajo? ¿Ya tuviste alguna?
- Sí, tuve. Y las odio. Son siempre iguales. A lo último te pueden llegar a decir dos cosas: "Bueno, vas a formar parte de nuestra base de datos", o en su defecto, "Cualquier cosa te llamamos".
- Bueno, vamos por partes. ¿Qué problema tenés en pasar a formar parte de una base de datos?
- Que no me gusta reducirme a un mero dato en un archivo. El ser humano es algo demasiado complejo para eso. Me niego a ser un dato! Estoy compuesto de células, infinitos procesos biológicos, órganos, cerebro, cinco sentidos, un corazón que late para transportar sangre a cada rincón de mi cuerpo y proveer de oxígeno y energía para mi metabolismo, reproducción y existencia a través de la combus...
- Bueno! -me interrumpió debido a mi exacerbación desenfrenada-. ¿Quién no forma parte de una base de datos? Así como alguna vez tuviste compañeros de primaria o secundaria, tenés compañeros de "base", ya que muchos de nosotros debemos estar en las mismas bases de datos sin saberlo. Y por otro lado, ¿Qué problema tenés con que te digan que cualquier cosa te llaman?
- Es que no se entiende a qué se refieren, no son directos. ¿En caso de qué me llaman? ¿Si sube la bolsa? ¿Si cae la bolsa? ¿Qué significa "cualquier cosa me llaman"? No lo entiendo, si esta persona que elige al personal pisa un chicle por la calle, ¿me llama? digo, porque eso también sería cualquier cosa. No sé, para mí, cualquier cosa es que un elefante suba una escalera mecánica en un shopping.
- ¿Sabés en qué consiste la entrevista? Yo tengo experiencia en psicodiagnósticos y te puedo ayudar. Tirarte unos "tips" -me dijo con aire canchero mientras me guiñaba el ojo-.
- Sí, me dijo un conocido que fue, que me van a pedir que haga el Rorschach*. (*El Rorschach es un test proyectivo para evaluar la personalidad, basado en la libre interpretación de una serie de imágenes abstractas que se caracterizan por su ambigüedad y falta de estructuración).
- Ah, Es simple! Lleva masa de hojaldre, dulce de leche, hojaldre, dulce de leche, hojaldre, dulce de leche y merengue arriba.
- No, eso es "Rogel" y es una torta. A mí me van a pedir que haga el "Rorschach".
- Ah sí, claro disculpá. De todos modos es más fácil, el Royal es instantáneo..., un postrecito.
miércoles, 29 de octubre de 2008
Sesión 24: "La consulta gestáltica II"
La última sesión con mi psicóloga fue un diálogo entre sordos, algo de no creer. Con expectativas renovadas necesité verlo a mi terapeuta gestáltico, en busca del otro enfoque y pasar del pensamiento a la acción.
Una vez descalzado, y reclinado sobre unos almohadones con bordados de elefantes dorados, le comenté:
- Quiero dejar a mi psicóloga, pero no puedo. No sé cómo decírselo. Es más, no sé qué es más difícil, si dejar a una chica con la que uno sale o la psicóloga. ¿Cómo hago? Se me ocurrió esperar que llegue el mes de enero, decirle que me voy de vacaciones, pero no avisarle cuando regreso.
- Contame un poco más los inicios de tu relación con la psicóloga. ¿Cómo se desarrollaban esas primeras sesiones que hicieron que continuaras?
- Al principio no hablábamos, nos quedábamos callados 25 minutos.
- ¿Y el resto?
- No había resto. Como no sabía qué decirle me rajaba antes.
- ¿Y después cómo evolucionó todo?
- En las sesiones siguientes yo hablaba un poco más, pero tampoco llegaba a cubrir todo el tiempo de la sesión.
- ¿Y el resto?
- Le preguntaba sobre ella.
- ¿Y qué pasa ahora?
- Ahora la noto mejor.
Se quedó meditando unos segundos y luego me dijo:
- Hay personas que se aferran tanto a las cosas, a ciertas relaciones, a sus rutinas... buenas o malas, que luego no pueden desprenderse. Ahora vamos a hacer un ejercicio.
Sacó de una caja de mimbre marrón dos bochas de plastilina, una verde y otra azul. Me pidió que haga algún objeto y que me tomara el tiempo necesario hasta que quedara yo conforme. Luego de maniobrar unos minutos con mis torpes manos, pero con una dedicación y concentración inusitada, le presenté una casa de plastilina con todos los detalles que ésta pudiera tener.
- ¿Te gusta? -Me preguntó-.
- Creo que sí, le puse dedicación.
- Ahora tirala a la basura.
- ¿Qué? No, no quiero. Es algo que hice yo, invertí mi tiempo en eso.
- A veces esa inversión de tiempo y dedicación, es lo que hace que a uno le cueste desprenderse de ciertas cosas, aunque no le hagan bien del todo.
Luego me pidió que me ubicara en un punto fijo dentro de la sala y que visualice en mí al Andrés que yo desearía ser y que piense qué consejo le diría éste al Andrés que soy, que estaría ubicado en otro punto de la sala.
´Andrés que deseo ser´: - No sé, le diría que no tenga miedo de vivir, que sea feliz...
- A mí no me lo digas, decíselo al andrés que tenés ahí en frente -me corrigió el terapeuta, señalándome un punto en el espacio delimitado por un almohadón-.
´Andrés que deseo ser´: - Hacé como yo, disfrutá la vida, atrevete a todo, no pidas permisos internos para tomar decisiones y que no te de miedo ser feliz. Desprendete de tus culpas y no te aferres a las cosas que no te hacen bien, es fácil, se puede, yo lo logré. Cambiá!
- Buen trabajo -me dijo el terapeuta-. Ahora tirá a la basura y con fuerza a esa casita de plastilina que hiciste.
Yo tiré la casita de plastilina a un tacho de basura, tal como me lo pidió.
- Bien! ¿Qué siente en este momento el otro andrés, el de las dificultades?
- Me siento mejor, como que no es tan difícil cambiar y desprenderse de lo que a uno le pesa. Es una cuestión de actitud. Creo que cambié mi forma de pensar las cosas y ver la vida. Es como que me siento otro, me siento nuevo.
- Es lógico. Esta terapia es así, se buscan soluciones. ¿Tenés $90 justo? Porque sólo tengo un billete de $10 y no quiero quedarme sin cambio.
- No, tengo $100.
- Qué lástima, voy a ver después cómo me arreglo. Te veo la semana que viene.
- Te quería pedir una cosa antes de irme.
- Sí, decime.
- ¿Me podrías devolver mi casita de plastilina?
Una vez descalzado, y reclinado sobre unos almohadones con bordados de elefantes dorados, le comenté:
- Quiero dejar a mi psicóloga, pero no puedo. No sé cómo decírselo. Es más, no sé qué es más difícil, si dejar a una chica con la que uno sale o la psicóloga. ¿Cómo hago? Se me ocurrió esperar que llegue el mes de enero, decirle que me voy de vacaciones, pero no avisarle cuando regreso.
- Contame un poco más los inicios de tu relación con la psicóloga. ¿Cómo se desarrollaban esas primeras sesiones que hicieron que continuaras?
- Al principio no hablábamos, nos quedábamos callados 25 minutos.
- ¿Y el resto?
- No había resto. Como no sabía qué decirle me rajaba antes.
- ¿Y después cómo evolucionó todo?
- En las sesiones siguientes yo hablaba un poco más, pero tampoco llegaba a cubrir todo el tiempo de la sesión.
- ¿Y el resto?
- Le preguntaba sobre ella.
- ¿Y qué pasa ahora?
- Ahora la noto mejor.
Se quedó meditando unos segundos y luego me dijo:
- Hay personas que se aferran tanto a las cosas, a ciertas relaciones, a sus rutinas... buenas o malas, que luego no pueden desprenderse. Ahora vamos a hacer un ejercicio.
Sacó de una caja de mimbre marrón dos bochas de plastilina, una verde y otra azul. Me pidió que haga algún objeto y que me tomara el tiempo necesario hasta que quedara yo conforme. Luego de maniobrar unos minutos con mis torpes manos, pero con una dedicación y concentración inusitada, le presenté una casa de plastilina con todos los detalles que ésta pudiera tener.
- ¿Te gusta? -Me preguntó-.
- Creo que sí, le puse dedicación.
- Ahora tirala a la basura.
- ¿Qué? No, no quiero. Es algo que hice yo, invertí mi tiempo en eso.
- A veces esa inversión de tiempo y dedicación, es lo que hace que a uno le cueste desprenderse de ciertas cosas, aunque no le hagan bien del todo.
Luego me pidió que me ubicara en un punto fijo dentro de la sala y que visualice en mí al Andrés que yo desearía ser y que piense qué consejo le diría éste al Andrés que soy, que estaría ubicado en otro punto de la sala.
´Andrés que deseo ser´: - No sé, le diría que no tenga miedo de vivir, que sea feliz...
- A mí no me lo digas, decíselo al andrés que tenés ahí en frente -me corrigió el terapeuta, señalándome un punto en el espacio delimitado por un almohadón-.
´Andrés que deseo ser´: - Hacé como yo, disfrutá la vida, atrevete a todo, no pidas permisos internos para tomar decisiones y que no te de miedo ser feliz. Desprendete de tus culpas y no te aferres a las cosas que no te hacen bien, es fácil, se puede, yo lo logré. Cambiá!
- Buen trabajo -me dijo el terapeuta-. Ahora tirá a la basura y con fuerza a esa casita de plastilina que hiciste.
Yo tiré la casita de plastilina a un tacho de basura, tal como me lo pidió.
- Bien! ¿Qué siente en este momento el otro andrés, el de las dificultades?
- Me siento mejor, como que no es tan difícil cambiar y desprenderse de lo que a uno le pesa. Es una cuestión de actitud. Creo que cambié mi forma de pensar las cosas y ver la vida. Es como que me siento otro, me siento nuevo.
- Es lógico. Esta terapia es así, se buscan soluciones. ¿Tenés $90 justo? Porque sólo tengo un billete de $10 y no quiero quedarme sin cambio.
- No, tengo $100.
- Qué lástima, voy a ver después cómo me arreglo. Te veo la semana que viene.
- Te quería pedir una cosa antes de irme.
- Sí, decime.
- ¿Me podrías devolver mi casita de plastilina?
martes, 28 de octubre de 2008
Sesión 23: "Trastornos de ansiedad"
Otra vez me dejó esperando en el hall, esta vez sin música. Hubiera tenido ganas de querer ir al baño para, aunque sea, matar un par de minutos de la espera, pero no.
Antes de entrar al consultorio me preguntó si había visto al fumigador que en teoría tendría que haber llegado bien temprano para desinsectizar las alacenas de su cocina, a lo que le respondí que no, que no había visto a nadie. De esta manera, comencé la sesión un poco fastidioso ya que no me gusta que me hagan esperar tanto.
- ¿Cómo estás hoy, llegaste bien? -me preguntó-.
- Salí de mi casa y me irritó que el ascensor no esté en mi piso.
- Bueno, ¿y...?
- Después decidí venir en taxi, porque no tenía nafta en el auto. Las estaciones de servicio últimamente están llenas de autos haciendo cola y no tengo paciencia de esperar. Además no quería retrasarme.
- ¿Y qué más?
- En el taxi, para no aburrirme, intenté leer un libro nuevo que me compré. Lo abrí, pero como siempre, antes de empezar un libro, cuento cuántas páginas tiene, también me fijo si tiene capítulos, cuántos tiene y cuántas páginas tiene cada capítulo, ya que mi meta antes de empezar a leer es dejarlo en el punto final de algún capítulo.
- Sí, en este caso, teniendo en cuenta que un viaje en taxi es corto, podrías haber empezado por el final..., del libro, digo.
- El asunto es que me agarraron como 5 semáforos, y no los soporto. En cada uno de ellos siempre, e impulsivamente, suelo agarrar mi celular y empiezo a modificar boludeces, como la configuración de la pantalla y mando mensajes de texto a cualquiera, no sé, no me puedo quedar quieto.
- Pero se te gasta la batería más rápido de ese modo y es un lío después esperar a que cargue. ¿No lo pensaste así?
- En un momento, tomamos la avenida Santa Fe, grave error. No avanzaba. Yo rezaba para que apareciera una ambulancia y apurara a todos los autos. Me sentí mal por pensarlo, ya que seguramente, quien se encuentra dentro de una ambulancia, es porque está agonizando y yo deseando que apareciera sólo para que se acelere el tránsito.
- ¿Y entonces? ¿resumiendo?
- Lo increíble es que la ambulancia apareció, y le dije al chofer que se ponga atrás de ella así pasaba a todos los autos. Una vez que la ambulancia pasó a todos, apagó la sirena. Ahí me quedó una duda: ¿Se recuperó el enfermo o por el contrario murió y ya no hubo más nada que hacer?
- Mientras te escuchaba relatar esto, se me ocurrió que tal vez, para acelerar el tratamiento, podría derivarte a una profesional de mi confianza para que te medique.
- ¿Y todo para qué? Para finalmente llegar acá puntual y que usted me deje esperando.
- Es que me retrasé con mi paciente de las 8:50.
- Pero licenciada, yo soy el paciente de las 8:50!
- ¿Y entonces a quién atendí?
Antes de entrar al consultorio me preguntó si había visto al fumigador que en teoría tendría que haber llegado bien temprano para desinsectizar las alacenas de su cocina, a lo que le respondí que no, que no había visto a nadie. De esta manera, comencé la sesión un poco fastidioso ya que no me gusta que me hagan esperar tanto.
- ¿Cómo estás hoy, llegaste bien? -me preguntó-.
- Salí de mi casa y me irritó que el ascensor no esté en mi piso.
- Bueno, ¿y...?
- Después decidí venir en taxi, porque no tenía nafta en el auto. Las estaciones de servicio últimamente están llenas de autos haciendo cola y no tengo paciencia de esperar. Además no quería retrasarme.
- ¿Y qué más?
- En el taxi, para no aburrirme, intenté leer un libro nuevo que me compré. Lo abrí, pero como siempre, antes de empezar un libro, cuento cuántas páginas tiene, también me fijo si tiene capítulos, cuántos tiene y cuántas páginas tiene cada capítulo, ya que mi meta antes de empezar a leer es dejarlo en el punto final de algún capítulo.
- Sí, en este caso, teniendo en cuenta que un viaje en taxi es corto, podrías haber empezado por el final..., del libro, digo.
- El asunto es que me agarraron como 5 semáforos, y no los soporto. En cada uno de ellos siempre, e impulsivamente, suelo agarrar mi celular y empiezo a modificar boludeces, como la configuración de la pantalla y mando mensajes de texto a cualquiera, no sé, no me puedo quedar quieto.
- Pero se te gasta la batería más rápido de ese modo y es un lío después esperar a que cargue. ¿No lo pensaste así?
- En un momento, tomamos la avenida Santa Fe, grave error. No avanzaba. Yo rezaba para que apareciera una ambulancia y apurara a todos los autos. Me sentí mal por pensarlo, ya que seguramente, quien se encuentra dentro de una ambulancia, es porque está agonizando y yo deseando que apareciera sólo para que se acelere el tránsito.
- ¿Y entonces? ¿resumiendo?
- Lo increíble es que la ambulancia apareció, y le dije al chofer que se ponga atrás de ella así pasaba a todos los autos. Una vez que la ambulancia pasó a todos, apagó la sirena. Ahí me quedó una duda: ¿Se recuperó el enfermo o por el contrario murió y ya no hubo más nada que hacer?
- Mientras te escuchaba relatar esto, se me ocurrió que tal vez, para acelerar el tratamiento, podría derivarte a una profesional de mi confianza para que te medique.
- ¿Y todo para qué? Para finalmente llegar acá puntual y que usted me deje esperando.
- Es que me retrasé con mi paciente de las 8:50.
- Pero licenciada, yo soy el paciente de las 8:50!
- ¿Y entonces a quién atendí?
jueves, 23 de octubre de 2008
Sesión 22: "Sentirse en deuda"
Me dio gusto volver a verla. Sin embargo, no podía evitar sentir que ella lo sabía todo. Aunque pensándolo en frío, ella no tendría porqué saberlo. Hay miles de psicólogos en la ciudad y no creo que se estén comunicando todos entre si cada vez que uno tiene una nueva presa o un paciente nuevo. Tal vez, haya quedado un poco perseguido por la consulta con el gestáltico, pero de todas formas, yo no se lo iba a decir; y ocultar, no es mentir.
- ¿Cómo estuviste estos días? -me preguntó de la misma manera monocorde como la mayoría de las veces-.
- Bien, mal, digo, maso, no sé. En realidad, bien... pero tampoco una cosa de locos, ni estoy curado, tampoco voy a dejar de venir acá, quédese tranquila.
No sé qué pasó por mi cabeza para responder una cosa semejante. A decir verdad, no sabía qué decir para no levantar sospechas sobre mi infidelidad hacia ella. Pero por otro lado, una consulta aislada tampoco me iba a curar, así que ella podría quedarse tranquila de que no la iba a dejar. Tampoco sé porqué pienso tantas conjeturas si ella no sabe nada y no tendría porqué saberlo.
- ¿Te pasa algo? -me preguntó como sospechando por mi respuesta ambivalente-.
- No, sólo que me siento en deuda. -no sé porqué dije esa idiotez, pero mi mente no estaba pudiendo dominar a mis palabras, ni a la situación-.
Ahora iba a tener que sostener y justificar lo que había dicho y entonces continué:
- Fui a una gomería porque tenía un clavo en el neumático. El gomero sacó el clavo pero el neumático no perdía aire, por lo que me dijo que no llegó a pincharse. Yo le pregunté sorprendido y hasta desilusionado: "¿Qué? ¿no tiene nada?". Y el me contestó que "No", que me vaya tranquilo. Y entonces me sentí en deuda con él, porque yo lo había hecho trabajar; ya que se agachó, sacó el clavo, fue sincero y me dejó ir. No sé, quería pedirle que me ponga el parche igual aunque no tuviera nada, pero él se negó ya que me dijo que no hacía falta.
- Y claro, ¿cómo te iba a poner el parche, o cobrar, si no tenía nada el neumático? El hombre fue amable y desinteresado, aceptá que hay gente así también, es muy bueno eso.
- Pero no es sólo eso. Si le pregunto una calle a un canillita me siento obligado a comprarle un diario; si entro a un bar para pedir el baño, siento que sí o sí voy a tener que tomar un café; si le pregunto a un kiosquero dónde queda la parada de tal colectivo, me siento en deuda y entonces le compro unos chicles o una barrita de cereal, pagando con monedas, claro, ya que no quiero sentirme en deuda, ni deber favores.
- Entiendo, debe ser complicado vivir así. No toda la gente pide algo a cambio, también hay personas buenas en el mundo. Bueno, por hoy suficiente, ya se cumplió el tiempo de la sesión. Lo dejamos acá.
- Disculpe licenciada, ¿Qué hora es?
- Son las 9.29 hs.
- Gracias.
- No me agradezcas. Son 10 pesos.
- ¿Cómo estuviste estos días? -me preguntó de la misma manera monocorde como la mayoría de las veces-.
- Bien, mal, digo, maso, no sé. En realidad, bien... pero tampoco una cosa de locos, ni estoy curado, tampoco voy a dejar de venir acá, quédese tranquila.
No sé qué pasó por mi cabeza para responder una cosa semejante. A decir verdad, no sabía qué decir para no levantar sospechas sobre mi infidelidad hacia ella. Pero por otro lado, una consulta aislada tampoco me iba a curar, así que ella podría quedarse tranquila de que no la iba a dejar. Tampoco sé porqué pienso tantas conjeturas si ella no sabe nada y no tendría porqué saberlo.
- ¿Te pasa algo? -me preguntó como sospechando por mi respuesta ambivalente-.
- No, sólo que me siento en deuda. -no sé porqué dije esa idiotez, pero mi mente no estaba pudiendo dominar a mis palabras, ni a la situación-.
Ahora iba a tener que sostener y justificar lo que había dicho y entonces continué:
- Fui a una gomería porque tenía un clavo en el neumático. El gomero sacó el clavo pero el neumático no perdía aire, por lo que me dijo que no llegó a pincharse. Yo le pregunté sorprendido y hasta desilusionado: "¿Qué? ¿no tiene nada?". Y el me contestó que "No", que me vaya tranquilo. Y entonces me sentí en deuda con él, porque yo lo había hecho trabajar; ya que se agachó, sacó el clavo, fue sincero y me dejó ir. No sé, quería pedirle que me ponga el parche igual aunque no tuviera nada, pero él se negó ya que me dijo que no hacía falta.
- Y claro, ¿cómo te iba a poner el parche, o cobrar, si no tenía nada el neumático? El hombre fue amable y desinteresado, aceptá que hay gente así también, es muy bueno eso.
- Pero no es sólo eso. Si le pregunto una calle a un canillita me siento obligado a comprarle un diario; si entro a un bar para pedir el baño, siento que sí o sí voy a tener que tomar un café; si le pregunto a un kiosquero dónde queda la parada de tal colectivo, me siento en deuda y entonces le compro unos chicles o una barrita de cereal, pagando con monedas, claro, ya que no quiero sentirme en deuda, ni deber favores.
- Entiendo, debe ser complicado vivir así. No toda la gente pide algo a cambio, también hay personas buenas en el mundo. Bueno, por hoy suficiente, ya se cumplió el tiempo de la sesión. Lo dejamos acá.
- Disculpe licenciada, ¿Qué hora es?
- Son las 9.29 hs.
- Gracias.
- No me agradezcas. Son 10 pesos.
miércoles, 22 de octubre de 2008
Sesión 21: "La consulta gestáltica"
Ante la imposibilidad de dejarla, decidí recurrir paralelamente a otro psicólogo con otra orientación y enfoque: un psicólogo gestáltico. Una terapia más ligada a la acción, al cuerpo, a buscar soluciones prácticas, más que limitarme a entender o a desahogarme.
Admito que este sub-mundo de la terapia me está asustando un poco. En definitiva lo que yo hago es contarle mis intimidades a un desconocido que pasa a saber todo de mí y yo nada de él. ¿Y si es un loco? ¿Y si me extorsiona o me amenaza? Al estilo de: dame 10 mil pesos o le cuento a (...) que (...), mirá que te grabé...
Este terapeuta me cobra 90 pesos la sesión. Creo que está bien, mis problemas valen más o menos eso, y que por 90 pesos él va a poner empeño en escucharme y en recordar de sesión a sesión cómo me llamo. Es un hombre que debe tener entre 39 y 41 años, no sé bien del lado de qué década está. El consultorio tiene un aire alternativo y relajado, algunas colchonetas, paredes naranjas y un dejo de olor a pata mezclado con Glade® "bosque de pinos", ya que es requisito descalzarse antes de pisar la alfombra y sentarse en la colchoneta o en el puf.
En esta primera consulta, dediqué gran parte del tiempo a presentarme, contarle mis miedos e inseguridades. Además, le comenté que yo hacía una terapia con una licenciada, pero que no sabía cómo dejarla para no herirla, ya que estaba muy compenetrado con su vida.
- ...estoy haciendo un tratamiento con una psicóloga, sin embargo, siento que tengo muchos problemas que no puedo resolver -le dije en los albores de la sesión-.
- ¿Le contaste a tu psicóloga?
- Mi psicóloga es el problema.
- ¿Perdón?
- Sí, no sé cómo dejarla y ahora que estoy acá, encima, me siento infiel.
- Supongo que habrá otros problemas también, motivo por el cual habrás empezado a tratarte. ¿Qué te dice ella al respecto?
- Que tengo razón, en estar mal.
- El asunto no pasa por tener razón, sino por vivir en paz con uno mismo. Este tipo de terapia, está basada en la acción, en el cuerpo, en buscar soluciones prácticas y rápidas, sin tanta vuelta que no conduce a nada. Para empezar, ¿te gusta cómo sos?
- A veces sufro por cómo soy.
- Bueno, es simple, cambiá entonces!
Claro, cómo no se me ocurrió antes! -pensé entusiasmado-. Con respecto a la acción, me puse las zapatillas y me fui. Ahora veo otro horizonte, sólo es cuestión de cambiar.
Admito que este sub-mundo de la terapia me está asustando un poco. En definitiva lo que yo hago es contarle mis intimidades a un desconocido que pasa a saber todo de mí y yo nada de él. ¿Y si es un loco? ¿Y si me extorsiona o me amenaza? Al estilo de: dame 10 mil pesos o le cuento a (...) que (...), mirá que te grabé...
Este terapeuta me cobra 90 pesos la sesión. Creo que está bien, mis problemas valen más o menos eso, y que por 90 pesos él va a poner empeño en escucharme y en recordar de sesión a sesión cómo me llamo. Es un hombre que debe tener entre 39 y 41 años, no sé bien del lado de qué década está. El consultorio tiene un aire alternativo y relajado, algunas colchonetas, paredes naranjas y un dejo de olor a pata mezclado con Glade® "bosque de pinos", ya que es requisito descalzarse antes de pisar la alfombra y sentarse en la colchoneta o en el puf.
En esta primera consulta, dediqué gran parte del tiempo a presentarme, contarle mis miedos e inseguridades. Además, le comenté que yo hacía una terapia con una licenciada, pero que no sabía cómo dejarla para no herirla, ya que estaba muy compenetrado con su vida.
- ...estoy haciendo un tratamiento con una psicóloga, sin embargo, siento que tengo muchos problemas que no puedo resolver -le dije en los albores de la sesión-.
- ¿Le contaste a tu psicóloga?
- Mi psicóloga es el problema.
- ¿Perdón?
- Sí, no sé cómo dejarla y ahora que estoy acá, encima, me siento infiel.
- Supongo que habrá otros problemas también, motivo por el cual habrás empezado a tratarte. ¿Qué te dice ella al respecto?
- Que tengo razón, en estar mal.
- El asunto no pasa por tener razón, sino por vivir en paz con uno mismo. Este tipo de terapia, está basada en la acción, en el cuerpo, en buscar soluciones prácticas y rápidas, sin tanta vuelta que no conduce a nada. Para empezar, ¿te gusta cómo sos?
- A veces sufro por cómo soy.
- Bueno, es simple, cambiá entonces!
Claro, cómo no se me ocurrió antes! -pensé entusiasmado-. Con respecto a la acción, me puse las zapatillas y me fui. Ahora veo otro horizonte, sólo es cuestión de cambiar.
martes, 21 de octubre de 2008
Sesión 20: "Futuros recuerdos"
Como hacía un tiempo que no me pasaba, al llegar al hall me dejó esperando con una canción que me trajo recuerdos y una reflexión: Las canciones son como fotografías, te traen imágenes y sensaciones perfectas de experiencias ya vividas. La sesión de hoy fue un laberinto que giró en torno al concepto de tiempo.
- No lo sé, creo que sí, pero yo disfruto el presente cuando se transforma en pasado, en recuerdo -esa fue mi respuesta a la pregunta sobre si disfruté el fin de semana-.
- Esa es una característica que ilustra un tipo de personalidad, denota a alguien que valora lo que tiene cuando lo pierde. Y, si esto es así, esta va a ser nuestra última sesión.
- Yo soy de los que piensan que todo tiempo pasado fue mejor. El pasado tiene una belleza especial, codiciada, similar a una pieza de museo. El pasado tiene certeza porque no se puede modificar, es quieto, calmo. Es una imagen petrificada a la que se puede recurrir y visitar en cualquier momento y así, el pasado se vuelve cálido, inofensivo y hasta tierno.
- Tenés que ser feliz en el presente, que es lo único que tenés. El pasado ya pasó y el futuro no existe.
- El presente tampoco existe, cuando me quiero dar cuenta ya pasó, es un instante que se escurre en el sólo hecho de querer nombrarlo. La vida es 99.9% de recuerdos pasados y 0.1% de efímero instante presente. Todos son futuros recuerdos. Recién me doy cuenta de cómo la pasé en el presente cuando pasa a formar parte de mi historia. Yo no siento el "soy feliz", pero en un año voy a mirar a la distancia este momento y seguramente voy a sentir el "fui feliz", cuando todo se vuelva cálido, seguro y conocido, frente a un futuro que me puede resultar amenazante, agresivo e incierto. El futuro me preocupa.
- Yo podría decir eso, que trabajo de psicóloga por obra social y me cuesta mantener y darles un buen pasar a mis hijos.
- ¿Ud. tiene hijos?
- No, pero para cuando los tenga.
- No se preocupe por el futuro licenciada, todavía no llegó.
- No lo sé, creo que sí, pero yo disfruto el presente cuando se transforma en pasado, en recuerdo -esa fue mi respuesta a la pregunta sobre si disfruté el fin de semana-.
- Esa es una característica que ilustra un tipo de personalidad, denota a alguien que valora lo que tiene cuando lo pierde. Y, si esto es así, esta va a ser nuestra última sesión.
- Yo soy de los que piensan que todo tiempo pasado fue mejor. El pasado tiene una belleza especial, codiciada, similar a una pieza de museo. El pasado tiene certeza porque no se puede modificar, es quieto, calmo. Es una imagen petrificada a la que se puede recurrir y visitar en cualquier momento y así, el pasado se vuelve cálido, inofensivo y hasta tierno.
- Tenés que ser feliz en el presente, que es lo único que tenés. El pasado ya pasó y el futuro no existe.
- El presente tampoco existe, cuando me quiero dar cuenta ya pasó, es un instante que se escurre en el sólo hecho de querer nombrarlo. La vida es 99.9% de recuerdos pasados y 0.1% de efímero instante presente. Todos son futuros recuerdos. Recién me doy cuenta de cómo la pasé en el presente cuando pasa a formar parte de mi historia. Yo no siento el "soy feliz", pero en un año voy a mirar a la distancia este momento y seguramente voy a sentir el "fui feliz", cuando todo se vuelva cálido, seguro y conocido, frente a un futuro que me puede resultar amenazante, agresivo e incierto. El futuro me preocupa.
- Yo podría decir eso, que trabajo de psicóloga por obra social y me cuesta mantener y darles un buen pasar a mis hijos.
- ¿Ud. tiene hijos?
- No, pero para cuando los tenga.
- No se preocupe por el futuro licenciada, todavía no llegó.
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